jueves, 8 de marzo de 2018

Glasgow

Y es que en estas tres semanas han pasado más cosas que en todo el año que he estado solo en Grimsby. Y bien. Estoy más relajado con el trabajo. Mucho más de lo que estaba en Grimsby. Mis jefes, aún me tengo que hacer a ellos pero por ahora bien.

Estoy moviéndome, y por ahora eso lo llevo bien cumplido. Hoy a sido de los pocos días que he decidido quedarme en casa porque estoy cansado. Y la verdad es que mañana habrá más y mejor.

Ya que ahora no paso tanto tiempo delante del ordenador, voy a intentar escribir más. Poesía, prosa o lo que me salga. Inspirarme. Breve, pero sincero.

Tengo ganas de conocer gente, de no parar, de disfrutar más la calle (cuando tenga dinero).

Tengo ganas de vivir.

jueves, 15 de febrero de 2018

Fin de Inglaterra

Se acabó Grimsby. Por fin. Se fueron todos los males que aquí restan, que los mío por desgracia todavía los llevo conmigo. Acabo de empaquetar toda la casa y las tres habitaciones ahora están vacías. Sin vida. Sólo la mía. Lo que debería de ser una buena noticia resulta no serlo. Y me jode. Debería estar contento, ser positivo ante la vuelta a Escocia. Y no me quejo. Para mí es un regalo caído del cielo. Algo que tiene que salir bien, porque me han dado otra oportunidad. Y sin embargo lo que nubla mi mente no es la brillante Escocia sino la amargura de saber que otra vez se ha repetido la voluntad del azar ante la mía. No es que no quisiera irme de aquí. Quiero. Pero no de esta manera, a caraperro. Quisiera haberme ido porque me hubiera cansado del hospital. Con la cabeza alta, habiendo aprendido cosas de valor y habiendo conocido a gente. Y me he marchado con la cabeza entumecida y más marcada. Apenas han habido luces brillantes durante este paso y el trabajo ha traído lo que nunca me esperé que fuese a traerme. Obligado a irme del hospital y ahora del pueblo. Obligado por supervivencia y por necesidad respectivamente, pero obligado. La vida no es lo que uno quiere sino lo que buenamente se pueda dentro de las circunstancias. Y es una mierda cuando ves a otros con situaciones más fáciles. No es envidia. O reproche. Es una admiración llana. Ojalá me diera un golpe de suerte estable y que con lo que sé, sepa mantenerme, como aquélla o aquél. No verme otra vez en la carretera, en un piso compartido con cosas que no son mías en una ciudad que me queda demasiado grande y extraña. Es Glasgow. Y no Edimburgo. Pero al menos estoy cerca.

Lo peor es que está volviendo ese vacío que se hace notar tanto, tan voluminoso que empieza desde debajo de la nuca y empieza a expanderse hasta las orejas. Siento que hay algo que no encaja. Siempre. Como ese segundo que suena descompasado a cada minuto en el mismo momento. Casi imperceptible, pero que cuando le prestas atención el sonido crece y crece y lo rodea todo. Hasta que decides apartarlo de tu vista y sólo, de vez en cuando, vuelves a percatarte de que sigue ahí.

He vivido solo en el piso pero me siento solo. Sé que si vuelvo a Cádiz la situación va a ser la misma. Por muy en casa que esté, la sensación de seguridad va a ser fugaz. Sigo sin encotnrar mi sitio y quiero esta vez no sentirme así en Glasgow. Es, más que el mismo trabajo, lo que más quiero de cara a este futuro tan inminente.

Eso, y tocar la guitarra y ponerme hecho un torete.

Debería retomar el blog, y soltar a modo de catarsis lo que siento y lo que pienso. Me dejo muchas cosas en el tintero, como lo de que no termino de ser un mejor yo. O el yo que a mí me gustaría ser.

Pero creo que es suficiente por hoy. Necesito descansar y volver a escribir. Y publicar cosas más bonitas. Escribir ese intento de poesía barata que a veces me inspira y cosas de rol o sueños, o vivencias positivas, pero escribir.



viernes, 15 de diciembre de 2017

Borrador de carta sin firmar de Eduardo Daponte a Aurora de Nedea.

Me ha llegado a mis oídos que ya no estás en la Casa de los Geranios de la calle de los Todescos. Me embarga una tristeza el saber ahora que no voy a poder verte abriendo abruptamente las ventanas al pasar por debajo de tu casa, ni oír tu voz invitándome abiertamente a entrar, a expensas de lo que puedan pensar los vecinos y otros nobles; a tomar una jarra de vino. Verte mover esas manos con tal efusividad y esa sonrisa tan poco disimulada al saludarme me congratula.

Es difícil hoy en día saber que ocupo en tu corazón un hueco seguro y cálido, y te tuteo con una tranquilidad infinita porque sé que me he ganado tu confianza y tu cariño de manera infinita. Apostillo que es difícil porque en esta ciudad es harto ingrato el trato que recibe uno cuando ve torcida la confianza y contigo tengo esa sensación en la que puedo apostar mi corazón y mi mollera y dejarla en tus manos a fe ciega. A expensas de lo que puedas hacer con ellos las más burdas fechorías.

Y sin embargo, sé que puedo encontrar cobijo y consuelo en tus palabras. En tus gestos. En tu mirada. En esos ojos tan claros y tan vibrantes como el cielo del mediodía. En ese verano que inunda tu rostro y esa gracia maldita que esconde tu silueta. Ese temperamento tempestuoso que no sabe esconder un sentimiento bueno y menos uno malo. Ese temperamento que hizo en mis noches compañía y de la lluvia mi bálsamo cuando estaba alejado en las guerras del rey a través de cada una de tus cartas.

Aurora, me pregunto dónde estás ahora. Mis siervos han preguntado a los tuyos y no dan con un motivo de esta partida tuya tan repentina. Aurora, si me lees, por favor, reúnete conmigo en la fuente de la medianoche en el parque de los naranjos a la espalda del convento de Miraflores. Necesito decirte algo bajo el azahar. Algo que no puedo escribir en carta y que llevo tiempo macerando en mi testa.

Espero que estés donde estés, estés a salvo. Tengo la seguridad que tu habilidad con el acero son de los naipes más altos que tienes, pero mantente alerta; que las paredes hablan y las estatuas escuchan, ladinas.

Tuyo,
Eduardo.

viernes, 8 de diciembre de 2017

La gran pérdida.

He llegado a uno de los puntos más oscuros de mi estancia en Reino Unido. Y nunca pensé que llegaría. Me he visto acorralado y muy solo. Con gente con quien comentar, pero no con quien confesar.

Y es que me siento terriblemente minúsculo. A pesar de que lo peor ha pasado. Siento que no sé nada, y que todos saben más que yo. Lo que me ha inflado ha sido la psicóloga y que haya venido mi madre. Porque es que te lo juro que me estaba hundiendo. Pero en lo más bajo.

He esquivado el peligro. No lo he afrentado pero porque no estoy preparado. No ahora. No sólo. Soy realista, no era algo que podía ganar. Pero me sabe a traición hacia mí mismo que tuviera que dejarlo. Porque o era eso o me perdía en esa escalera resbaladiza de tan cortos escalones. Ahora veo que el lobo se ha desvanecido, pero su sombra sigue acechando a la mía. Y esa sombra no sólo ha llegado a la mía sino adentro de mi. Contaminando lo que ya estaba contaminado. Asentándose en un trono al que no le pertenece.

Si tengo suerte me mandan a donde yo quiero. Porque algo de suerte tengo que haber tenido. Que aún no es cierta, pero de ser así tendría otra oportunidad. Otra oportunidad. Otra oportunidad con estas vestimentas. Y sin un duro.

Estoy nervioso. Menos que hace quince días, pero muy nervioso. Lo peor es que aún no sigo siendo yo. Sigo siendo un reflejo torcido de lo que realmente soy. No me reconozco. Y dudo tanto de mí mismo que no soy capaz de mirar más allá de lo que alcanza mi mano porque me tiembla. No me reconozco y eso ha sido la gran pérdida.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Hoy no tengo ganas de seguir.
En esta noche tan fría
El agua hiela,
Mi solo cuerpo se pliega
Y la mente olvidó el sabor de la armonía.
Hoy no tengo tengo ganas de seguir.

En la playa que es mi cama vuelve a subir la marea
aquesta tan funesta que antaño me nubló la testa.
Aquesta que vino, se quedó y tardó en marcharse.
Aquesta fea, que tóxica se enamoró de mi piel fresca.
Vuelves a tocarme los pies, queriendo mancharme.
Y yo no tengo otra que zafarme de estos grilletes
invisibles, ¿a quién pido ayuda si las fuerzas me fallan?
Vuelvo a sumirme en el agua, en esa de hace dos años.
El Sol vuelve a renacer en ese disco tibio que apenas
Calienta, y templado se disuelve tras el otro lado del
Espejo marino. Salado, ácido y sobretodo, amargo.

Es sólo cuestión de tiempo que vuelvan a abrirse
Aquellas puertas que se cierran sobre mi garganta.