martes, 8 de mayo de 2018

Galatea.

    Eduardo abre los ojos. Está en su habitación pero hay algo raro en el ambiente. Las sábanas cubren su vista afinándose en el techo. El candelabro de madera cuelga en el centro de la habitación y puede verlo asomar entre las sábanas. Oye a varios pájaros trinar a través de la ventana abierta. Deben de ser las once de la mañana, cerca del mediodía. Hace calor, pero no lo suficiente, y eso le inquieta. Debería de estar sudando, y ahora que recuerda, debería de haberse levantado horas antes a encontrarse con el conde de Castañeda. Intenta agobiarse tras esta súbita cascada de pensamientos que salen a flote pero, está tranquilo. Está muy cómodo. Siente que está en una nube.

    Siente que  hay alguien más, que acaba de aparecer a su lado en cuanto gira la cabeza. Entre las sábanas está el busto de Galatea. Galatea se yergue un poco y mira a Eduardo con esos ojos negros y el pelo lacio y oscuro. Los labios rosados y un tanto carnosos tintan su piel clara delimitada por pómulos delicados y femeninos en una mirada de mujer serena y dulce. Ella está callada.

    Galatea.

   Eduardo intenta musitar pero ella le pasa la mano por la frente. Él, tan pronto como su mano se posa sobre su rostro se da cuenta que está en un sueño. Uno anhelado, pero del que nunca supo que quiso. Un sueño latente en su subconsciente que ahora daba sentido a tantos lamentos nocturnos. Siente correr la sangre como caballos desbocados sobre su cuerpo y su pecho se enciende como brasas al ser insufladas por un viento divino. Con un viento de verano. Galatea. Su musa. Lo impensable e increíble, lo infinitamente perfecto, presente en cuerpo y alma a dos palmos de distancia observándole. Con una voz etérea la mujer venida de otro lugar muy lejano responde antes de que Eduardo pueda abrir la boca. No te preocupes. No estaré mucho tiempo. Vengo a mirarte a escondidas de los ojos del Mundo. He rogado a Morfeo poder ver de cerca al hombre que me mira como a una estrella y Morfeo me ha sonreído. Galatea calla y observa las facciones de Eduardo mientras este se derrite bajo un sinfín de emociones del que no quiere enfriarse.

    Eduardo consigue erguirse y Galatea posa hermosa y perfecta a su izquierda dejando entrever más allá del busto, de una piel tersa y fina. De curvas cálidas y de una generosidad armoniosa. Venida de las estrellas y engrendrada del más puro mármol. Esencia celestial recogida y tejida en un tapiz vivo capaz de transformar montañas. Las líneas invisibles delimitan una hermosura embriagadora e infinita y Eduardo pierde la voz ante la mirada profunda que contesta a la espiral de sensaciones que ebullen desde su mente hasta su boca. Sí. Contesta Galatea. Vengo a verte a ti. No me está permitido andar en los sueños de los hombres, pero quiero correr el riesgo contigo. Este sueño será secreto entre tú y yo porque ando en terrenos prohibidos para mí. Y nadie más en el Olimpo sabrá de él.

    Galatea vuelve a erguirse desvelando su desnudez áurea, descubriendo su naturaleza divina, culmen de todo lo bello que jamás ha visto y verá en su vida; esclavo fervoroso ahora y por siempre. Y con la más pura de las sonrisas cubre con la sábana a Eduardo suscitando su alma trémula a la vorágine vertiginosa del éxtasis blanco y cegador. Eduardo despierta sudoroso del sueño y oye a las cigarras chirriar por la ventana. Tiene las sábanas empapadas y sabe que va a llegar tarde a ver al conde.

sábado, 5 de mayo de 2018

Maga

Maga se levanta y se arregla la mantilla púrpura con bordados dorados que lleva sobre los hombros. Se arregla la melena y levanta los brazos e inclina la cabeza, manteniendo los ojos bien abiertos, delineados.

Después de pedir silencio, éste se hace. Maga lo sabe. El grupo espera a que levante las cartas que tiene repartidas sobre el tapete. Pronto el silencio deja paso al crujir de las ramitas en el fuego cálido de la noche. Levanta un naipe y se desvela una figura colgada de un tobillo. Mira al mediano ilusionista.

"Ahora lo incierto te toca a ti"

jueves, 8 de marzo de 2018

Glasgow

Y es que en estas tres semanas han pasado más cosas que en todo el año que he estado solo en Grimsby. Y bien. Estoy más relajado con el trabajo. Mucho más de lo que estaba en Grimsby. Mis jefes, aún me tengo que hacer a ellos pero por ahora bien.

Estoy moviéndome, y por ahora eso lo llevo bien cumplido. Hoy a sido de los pocos días que he decidido quedarme en casa porque estoy cansado. Y la verdad es que mañana habrá más y mejor.

Ya que ahora no paso tanto tiempo delante del ordenador, voy a intentar escribir más. Poesía, prosa o lo que me salga. Inspirarme. Breve, pero sincero.

Tengo ganas de conocer gente, de no parar, de disfrutar más la calle (cuando tenga dinero).

Tengo ganas de vivir.

jueves, 15 de febrero de 2018

Fin de Inglaterra

Se acabó Grimsby. Por fin. Se fueron todos los males que aquí restan, que los mío por desgracia todavía los llevo conmigo. Acabo de empaquetar toda la casa y las tres habitaciones ahora están vacías. Sin vida. Sólo la mía. Lo que debería de ser una buena noticia resulta no serlo. Y me jode. Debería estar contento, ser positivo ante la vuelta a Escocia. Y no me quejo. Para mí es un regalo caído del cielo. Algo que tiene que salir bien, porque me han dado otra oportunidad. Y sin embargo lo que nubla mi mente no es la brillante Escocia sino la amargura de saber que otra vez se ha repetido la voluntad del azar ante la mía. No es que no quisiera irme de aquí. Quiero. Pero no de esta manera, a caraperro. Quisiera haberme ido porque me hubiera cansado del hospital. Con la cabeza alta, habiendo aprendido cosas de valor y habiendo conocido a gente. Y me he marchado con la cabeza entumecida y más marcada. Apenas han habido luces brillantes durante este paso y el trabajo ha traído lo que nunca me esperé que fuese a traerme. Obligado a irme del hospital y ahora del pueblo. Obligado por supervivencia y por necesidad respectivamente, pero obligado. La vida no es lo que uno quiere sino lo que buenamente se pueda dentro de las circunstancias. Y es una mierda cuando ves a otros con situaciones más fáciles. No es envidia. O reproche. Es una admiración llana. Ojalá me diera un golpe de suerte estable y que con lo que sé, sepa mantenerme, como aquélla o aquél. No verme otra vez en la carretera, en un piso compartido con cosas que no son mías en una ciudad que me queda demasiado grande y extraña. Es Glasgow. Y no Edimburgo. Pero al menos estoy cerca.

Lo peor es que está volviendo ese vacío que se hace notar tanto, tan voluminoso que empieza desde debajo de la nuca y empieza a expanderse hasta las orejas. Siento que hay algo que no encaja. Siempre. Como ese segundo que suena descompasado a cada minuto en el mismo momento. Casi imperceptible, pero que cuando le prestas atención el sonido crece y crece y lo rodea todo. Hasta que decides apartarlo de tu vista y sólo, de vez en cuando, vuelves a percatarte de que sigue ahí.

He vivido solo en el piso pero me siento solo. Sé que si vuelvo a Cádiz la situación va a ser la misma. Por muy en casa que esté, la sensación de seguridad va a ser fugaz. Sigo sin encotnrar mi sitio y quiero esta vez no sentirme así en Glasgow. Es, más que el mismo trabajo, lo que más quiero de cara a este futuro tan inminente.

Eso, y tocar la guitarra y ponerme hecho un torete.

Debería retomar el blog, y soltar a modo de catarsis lo que siento y lo que pienso. Me dejo muchas cosas en el tintero, como lo de que no termino de ser un mejor yo. O el yo que a mí me gustaría ser.

Pero creo que es suficiente por hoy. Necesito descansar y volver a escribir. Y publicar cosas más bonitas. Escribir ese intento de poesía barata que a veces me inspira y cosas de rol o sueños, o vivencias positivas, pero escribir.



viernes, 15 de diciembre de 2017

Borrador de carta sin firmar de Eduardo Daponte a Aurora de Nedea.

Me ha llegado a mis oídos que ya no estás en la Casa de los Geranios de la calle de los Todescos. Me embarga una tristeza el saber ahora que no voy a poder verte abriendo abruptamente las ventanas al pasar por debajo de tu casa, ni oír tu voz invitándome abiertamente a entrar, a expensas de lo que puedan pensar los vecinos y otros nobles; a tomar una jarra de vino. Verte mover esas manos con tal efusividad y esa sonrisa tan poco disimulada al saludarme me congratula.

Es difícil hoy en día saber que ocupo en tu corazón un hueco seguro y cálido, y te tuteo con una tranquilidad infinita porque sé que me he ganado tu confianza y tu cariño de manera infinita. Apostillo que es difícil porque en esta ciudad es harto ingrato el trato que recibe uno cuando ve torcida la confianza y contigo tengo esa sensación en la que puedo apostar mi corazón y mi mollera y dejarla en tus manos a fe ciega. A expensas de lo que puedas hacer con ellos las más burdas fechorías.

Y sin embargo, sé que puedo encontrar cobijo y consuelo en tus palabras. En tus gestos. En tu mirada. En esos ojos tan claros y tan vibrantes como el cielo del mediodía. En ese verano que inunda tu rostro y esa gracia maldita que esconde tu silueta. Ese temperamento tempestuoso que no sabe esconder un sentimiento bueno y menos uno malo. Ese temperamento que hizo en mis noches compañía y de la lluvia mi bálsamo cuando estaba alejado en las guerras del rey a través de cada una de tus cartas.

Aurora, me pregunto dónde estás ahora. Mis siervos han preguntado a los tuyos y no dan con un motivo de esta partida tuya tan repentina. Aurora, si me lees, por favor, reúnete conmigo en la fuente de la medianoche en el parque de los naranjos a la espalda del convento de Miraflores. Necesito decirte algo bajo el azahar. Algo que no puedo escribir en carta y que llevo tiempo macerando en mi testa.

Espero que estés donde estés, estés a salvo. Tengo la seguridad que tu habilidad con el acero son de los naipes más altos que tienes, pero mantente alerta; que las paredes hablan y las estatuas escuchan, ladinas.

Tuyo,
Eduardo.