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martes, 30 de octubre de 2012

La piedra del altar a la Luna.

Era la tercera nevada del otoño después del cálido verano, y bien entrada la noche, Orsoff salió de su cabaña bien abrigado. Nevaba suavemente, pero el frío helaba  incluso a sus largos cuarenta años y a través de su espesa barba rubia.

El hombre kalkrita salió del claro donde se hallaba el poblado para adentrarse en los bosques. La noche era tan silenciosa como la nieve, que caía sosegada entre los árboles. Buscaba al muchacho. Nahai no tendría los diez años de edad, pero ya se conocía montaña y media y había descubierto sus sitios favoritos, contados en "extremo secreto" a su cuidador, el norteño kalkrita, donde solía  perderse cuando se metía en problemas.

Orsoff, tras un pequeño rato subiendo cuestas y apartando varias ramas de varios matorrales llegó a un pequeño círculo natural de árboles. La tierra cubierta por la nieve sólo se veía interrumpida por una gran roca casi tan blanca como el manto blanco caído del cielo. Y en lo alto de la roca, estaba Nahai.

Nahai no era como los kalkrita. No era un kalkrita, al menos en apariencia. Mientras que sus vecinos eran altos, anchos, de facciones toscas y cabellos tan claros como la piel y los ojos; el joven Nahai no era tan alto, tan ancho, y tenía las facciones un poco más armoniosas y los cabellos mucho más ocuros que los demás. Era el único moreno de la aldea. Nahai era diferente a los demás kalkritas. Y éso era sabido y admitido por todos.

Orsoff se acercó al muchacho que, cabizbajo, aguantaba los mocos y las lágrimas que le recorrían las mejillas. Le puso su mano en su hombro pequeño y le dijo:

- Hace frío, y deberías volver a la casa. Regiynna y yo estamos preocupados por tí, hijo. ¿Por qué lloras?

Nahai se secó las lágrimas y sin mirarle, le dijo:

- No quiero. Estoy harto. Uprimm, Vsorn y Frenjnir me han vuelto a molestar. - intentó sosegar los sollozos pasándose la mano y el antebrazo por la nariz con un sonoro resultado-. Me gritaban que era diferente, que tenía el pelo negro como el carbón y que no tenía padre y que no era de la aldea.

Mientras Nahai seguía llorando, Orsoff se sentó al lado suya y le abrazó. Nahai estaba ardiendo aunque no estaba enfermo. Tenía poca ropa: una camisa de lino y un faldón. Poco abrigo para el frío que hacía. Pero Nahai siempre fue así. Siempre tuvo la piel muy caliente. Mucho más que el resto de habitantes de la aldea. Orsoff le secó las lágrimas y pudo verle los ojos marrones al muchacho, que tras suspiros le preguntó:

-¿Quién es mi padre?

Tras un silencio largo, Orsoff continuó:

- Tu padre fue un hombre que vino a la aldea hace ocho años. Era un hombre muy sabio y joven, y venía de las cuidades mecánicas del sur. Traía muchos aparatos raros y brillantes por los cuales era perseguido por sus amigos de la ciudad. En el pueblo conoció a tu madre, que tras darte a luz se tuvo que marchar con él.

- ¿Por qué no se quedaron conmigo, Orsoff? Yo quiero conocerles, ¿porqué no se quedaron conmigo?

Orsoff desvió la mirada y cambió de tema:

- Tuvieron que irse para protegerte. Dejemos este tema. La madre de Uprimm me ha contado que les has hecho la cosa ésa del fuego que tengo prohibida hacer. Recuerda que es un secreto entre tú y yo...

- ¡Es que Uprimm me molestaba! Me empezaban a tirar piedras y ramas para que se lo enseñase, pero yo no quería, ¡no quería! Me da mucho miedo. Y me persiguieron por el bosque y me seguían gritando cosas malas... Y... Y tuve que hacerlo para que me dejaran en paz...

Orsoff le abrazó y le calmó al momento que el pequeño rompía a llorar de nuevo.

- Vámonos a casa, Nahai. A partir de ahora vendrás más con los mayores y menos con los muchachos ésos. Nadie se va a meter contigo más. Pero no vuelvas con lo del fuego hasta que yo te lo diga, ¿vale?

- Va... Vale...


A cada paso que Nahai daba de vuelta a casa, la nieve se deshacía a sus pies. Y él, sorprendido, miraba...