miércoles, 6 de febrero de 2013

Cíclico.

Antes cuando caía rendido en la cama, se sumía en ideas claras, voces reconocibles y vivencias tan nítidas como le podía otorgar el cansancio mental. Y si no eran vivencias, eran ideas. Mezclas de otras y divagaciones, que se mezclaban entre sonidos variopintos y engendraban otras ideas, y éstas en otras, y esas otras en otras. Y así. Así caía en el sueño. Así caía rendido tras un largo día para dar paso tras unos momentos al mundo onírico.


Ahora no. Ahora cuando cae en la cama y empieza a perder la noción de la realidad, sólo escucha una o dos voces metálicas y difusas. Átonas y graves. Serias como el gris verdáceo. Un gris verdáceo que se mancha y vibra en su mente repitiendo una y otra vez palabras inconexas de forma cíclica. Una y otra vez, como una estación de radio. Sumirse en los campos del sueño con un pavor desconocido ante una radio  salida de tu propio subconsciente.

Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.

Música.

Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.

Música.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.
Maquinaria.

Música.


miércoles, 30 de enero de 2013

Todo lo que la niña te ha contado es cierto. Esta nueva reina... que antaño era una bruja, pero ahora es otra cosa... quiere la guerra, pero es una guerra sin victoria posible. A ella sólo le importa que se derrame sangre. Toda la sangre.

No es justo culparte de ésto. Conozco tu corazón... pero también conozco tu sangre. Sé lo que ocurrió en el mar y sé lo que ocurrió en aquella isla. Moriste.

Y un hombre muerto te robó la sangre para poder resucitar, para poder crearse un cuerpo nuevo con ella.  ¿Y en qué se convirtió? En lo que se suponía que tú debías ser.

La verdad es que fuiste enviado para destruir el mundo. Sé que acabaste con esa criatura, pero durante todos los meses que pasaste luego en esa barca... ¿Acaso no estaba él contigo cada día? Y desde entonces no te ha abandonado.

Bebe, escóndete en casas de fantasmas si quieres, pero no puedes huir de él... Del mismo modo que no puedes huir de tu propia sombra. Forma parte de tí, quizá sea una gran parte, y si sigues como hasta ahora acabará por consumirte. La verdad es que ya ha empezado... ¿no es así?

jueves, 27 de diciembre de 2012


Despierto.


La Luna creciente se encuentra a un lado del carril en el que me encuentro. A mi izquierda una pradera muerta por el frío invernal que se pierde entre las luces del alumbrado de la civilización en el infinito. A mi derecha una boscosidad más oscura que la propia noche, débilmente azulada por la Luna.

Me hallo en medio de un carril de la nada y despierto.

Algo me llama. Algo dentro de mí quiere encontrarse con lo desconocido, con lo mágico, con lo prohibido.
Algo dentro de mí me llama a perderme por lugares extraños. Lugares solitarios, en comunión con la naturaleza y los seres de este y otros planos. Hadas, brujas y meigas. Gigantes, búhos, faunos, árboles parlantes y cualquier rareza animada.

No sé cómo explicar éso que te sale que te dice que dejes todo y que vayas al bosque a vivir. Sólo.

Hace varios años me dije de hacer el Camino de Santiago yo sólo. Y sigue pareciéndome una idea fabulosa. Pero me gustaría llegar a más.

Me gustaría ser parte de la ficción y de la fantasía que el ojo civilizado y cerrado no tamiza.

Me gustaría que ésa llamada fuera tan fuerte en mí que me arrastre a élla.

Entonces vuelvo a dormir.


Un coche se avecina en lo alto de la carretera y me aparto para que no me coja. Voy a casa de mis abuelos a dormir, que ya es pasada la medianoche.



PD:
que te regalen Hellboy es lo que tiene.

jueves, 29 de noviembre de 2012





Who will measure the dimensions of antumnos?
Who can tell the gauge of its veil?
Who can manifest the size of its maw?
And infer the value of its stones?








sábado, 24 de noviembre de 2012

viernes, 23 de noviembre de 2012

Manos y truenos.


Uprimm miró a Nahai y llevó su índice en busca de sus labios. Ambos, agazapados habían encontrado un oso al haberse adelantado tanto, y se encontraban atentos entre los arbustos. Uprimm a escondidas, tensó su arco.

Nahai había crecido bastante desde que lloró aquélla vez en el Altar de la Luna,  uno de sus lugares secretos de la infancia. Ahora era un hombre. O así se hacía llamar. Nueve años después,  había crecido en altura, aunque no tanto como Uprimm, ni era tan rubio, ni tan fornido, ni tan tosco. Y apenas tenía barba. Lo que también había crecido era esa singular y elevada temperatura corporal, además de otras nuevas habilidades.

El oso, alertado, levantó la pesada cabeza y buscó olfateando un cierto olor a quemado. Quizás, el hecho de que Nahai fuera flamígero podría presentarle ciertas desventajas ante un olfato animal agudo. Uprimm, al ver que la bestia dirigía la mirada al mal escondido Nahai, cogió un guijarro y lo lanzó en sentido contrario al del mitad kalkrita. El oso entornó las orejas y seguidamente el hocico hacia el sonido del guijarro, dándole a Nahai una oportunidad que le costaría la vida al oso. Nahai salió de su escondite danto un poderoso salto mientras que Uprimm soltaba una flecha dirigida al gaznate del animal.

La flecha se hundió en el grueso pelaje del animal momentos antes de que éste pudiera reaccionar ante Nahai, del que salió un chorro de fuego de su mano brillante hacia el indefenso animal. Al momento, el oso cayó muero y algo quemado sobre el húmedo suelo del bosque. Uprimm y Nahai eran cazadores. Los años de niñez habían quedado atrás, y donde antes hubo diferencias, ahora existían fuertes lazos de unión. Así eran los kralkrien. Un pueblo frío como el invierno a primera vista, pero para quienes les conocen, tan cálido como las camas kalkrita.

Uprimm sacó la flecha del gaznate y la limpió entre sus ropajes. Bastantes, pero adecuados al frío que hacía. Nahai, sin embargo iba mucho más ligero de ropa y tendió su mano a Uprimm con una sonrisa:

- Nahai, con la mano incandescente no, hermano, que quiero conservarla.

- Oh, disculpa, ahora la enfrío - Hizo unos aspavientos con el brazo, aún al rojo vivo, hasta que poco a poco se enfrió y tomó su color normal -. Mira, aún me quedan lenguas de fuego.

Uprimm observó atónito cómo se apagaban poco a poco las lenguas que surgían azarosas en la palma del flamígero compañero.

- Nahai, mi abuela me contó que existen gente como tu padre que cazan con truenos y rayos...
- ¿Con truenos y rayos?
- Sí, según me contaban había gente en el sur que usaban "varas" echas de hierro o materiales más brillantes y ligeros para cazar. ¡Lo usaban a modo de arcos! Algunos sonaban como truenos, pero no se veían flechas y otras varas eran tan silenciosas como la noche, pero sí lanzaban rayos a mucha distancia.
- ¿Varas que lanzan truenos y rayos? Uprimm, tu abuela ya ha vivido muchos inviernos...
- ¿Crees que vendrán gente como tu padre alguna vez a la aldea? Nos podrían enseñar con varas.
- No lo sé. Ya te he dicho que no sé nada de mi padre. Silba y llama a los demás. Hoy, habiendo cazado ésto eres capaz de cortejar a la muchacha de tus vecinos. Ya sabes, yo digo que me salvaste del oso y ya tú te inventas el resto...

Uprimm le golpeó la espalda jocosamente y silbó. Teniendo el fuego de Nahai y las flechas de Uprimm, no harían faltas "varas" en los largos inviernos kralkritas, pensó el muchacho de fuego.

martes, 30 de octubre de 2012

La piedra del altar a la Luna.

Era la tercera nevada del otoño después del cálido verano, y bien entrada la noche, Orsoff salió de su cabaña bien abrigado. Nevaba suavemente, pero el frío helaba  incluso a sus largos cuarenta años y a través de su espesa barba rubia.

El hombre kalkrita salió del claro donde se hallaba el poblado para adentrarse en los bosques. La noche era tan silenciosa como la nieve, que caía sosegada entre los árboles. Buscaba al muchacho. Nahai no tendría los diez años de edad, pero ya se conocía montaña y media y había descubierto sus sitios favoritos, contados en "extremo secreto" a su cuidador, el norteño kalkrita, donde solía  perderse cuando se metía en problemas.

Orsoff, tras un pequeño rato subiendo cuestas y apartando varias ramas de varios matorrales llegó a un pequeño círculo natural de árboles. La tierra cubierta por la nieve sólo se veía interrumpida por una gran roca casi tan blanca como el manto blanco caído del cielo. Y en lo alto de la roca, estaba Nahai.

Nahai no era como los kalkrita. No era un kalkrita, al menos en apariencia. Mientras que sus vecinos eran altos, anchos, de facciones toscas y cabellos tan claros como la piel y los ojos; el joven Nahai no era tan alto, tan ancho, y tenía las facciones un poco más armoniosas y los cabellos mucho más ocuros que los demás. Era el único moreno de la aldea. Nahai era diferente a los demás kalkritas. Y éso era sabido y admitido por todos.

Orsoff se acercó al muchacho que, cabizbajo, aguantaba los mocos y las lágrimas que le recorrían las mejillas. Le puso su mano en su hombro pequeño y le dijo:

- Hace frío, y deberías volver a la casa. Regiynna y yo estamos preocupados por tí, hijo. ¿Por qué lloras?

Nahai se secó las lágrimas y sin mirarle, le dijo:

- No quiero. Estoy harto. Uprimm, Vsorn y Frenjnir me han vuelto a molestar. - intentó sosegar los sollozos pasándose la mano y el antebrazo por la nariz con un sonoro resultado-. Me gritaban que era diferente, que tenía el pelo negro como el carbón y que no tenía padre y que no era de la aldea.

Mientras Nahai seguía llorando, Orsoff se sentó al lado suya y le abrazó. Nahai estaba ardiendo aunque no estaba enfermo. Tenía poca ropa: una camisa de lino y un faldón. Poco abrigo para el frío que hacía. Pero Nahai siempre fue así. Siempre tuvo la piel muy caliente. Mucho más que el resto de habitantes de la aldea. Orsoff le secó las lágrimas y pudo verle los ojos marrones al muchacho, que tras suspiros le preguntó:

-¿Quién es mi padre?

Tras un silencio largo, Orsoff continuó:

- Tu padre fue un hombre que vino a la aldea hace ocho años. Era un hombre muy sabio y joven, y venía de las cuidades mecánicas del sur. Traía muchos aparatos raros y brillantes por los cuales era perseguido por sus amigos de la ciudad. En el pueblo conoció a tu madre, que tras darte a luz se tuvo que marchar con él.

- ¿Por qué no se quedaron conmigo, Orsoff? Yo quiero conocerles, ¿porqué no se quedaron conmigo?

Orsoff desvió la mirada y cambió de tema:

- Tuvieron que irse para protegerte. Dejemos este tema. La madre de Uprimm me ha contado que les has hecho la cosa ésa del fuego que tengo prohibida hacer. Recuerda que es un secreto entre tú y yo...

- ¡Es que Uprimm me molestaba! Me empezaban a tirar piedras y ramas para que se lo enseñase, pero yo no quería, ¡no quería! Me da mucho miedo. Y me persiguieron por el bosque y me seguían gritando cosas malas... Y... Y tuve que hacerlo para que me dejaran en paz...

Orsoff le abrazó y le calmó al momento que el pequeño rompía a llorar de nuevo.

- Vámonos a casa, Nahai. A partir de ahora vendrás más con los mayores y menos con los muchachos ésos. Nadie se va a meter contigo más. Pero no vuelvas con lo del fuego hasta que yo te lo diga, ¿vale?

- Va... Vale...


A cada paso que Nahai daba de vuelta a casa, la nieve se deshacía a sus pies. Y él, sorprendido, miraba...

martes, 25 de septiembre de 2012

El dilema del Sol y la Luna.

Érase una vez que se era, un príncipe hijo del Sol. Vivía en el horizonte y salía a dar paseos a saludar a la Montaña y al Valle, a la Costa y a los fresnos del bosque. Le gustaba mucho mirar en lo alto de las nubes a toda la tierra bajo sus pies y bajar a charlar con la hierba fresca de la mañana antes de ayudar a su padre.

Un día, cansado tras una jornada como otra, el príncipe se despistó por la Tierra y acabó en un lago y le dió la noche. Allí  encontró a la recién levantada princesa de la Luna, que le miró extrañada al joven príncipe.

La princesa  se le presentó. Al príncipe le pareció el ser más hermoso de todo el planeta y cayó prendado de su luminosa belleza. Él le dijo que se había perdido y que no encontraba el camino a casa. Élla le ofreció pasar la noche con la princesa en el lago y el príncipe aceptó.

Fue una noche muy divertida para los dos. Tanto, que al día siguiente repitieron. Y al día siguiente, volvieron a repetir. Los dos disfrutaban uno del otro todos los días y todas las noches y fueron muy felices.

Sin embargo, el príncipe era hijo del Sol y la princesa de la Luna, y cada vez que se reunían se sentían más y más cansados por el paso de los días.

Ambos jóvenes estaban tristes.

El príncipe estaba triste ayudando a su padre a iluminar, y la princesa cansada de cuidar de la noche con su madre.

Una vez quedaron tras el paso del tiempo pero el príncipe, agotado, cayó rendido ante la también cansada princesa. Ella le recogió, se sentó y apoyó la cabeza del príncipe en su falda, y se le ocurrió una idea para poder seguir viéndose.

Cuando la princesa acabase su turno, iría a descansar con el príncipe y el cuidaría de ella durante el día. Y el príncipe, al acabar su jornada, iría a descansar junto a la princesa, que la arroparía en el brillo de la noche, para estar junto a ella todas las noches del mundo. Y ella, para estar junto a el todos los días del mundo.

Y así fue como al final, todo salió bien.




sábado, 22 de septiembre de 2012

La metamorfosis azul y la bruja de la torre.

Soñé que me encontraba frente a una casa. Una mansión de más de tres plantas, bastante estrecha, con varias alcobas de madera. Parecía abandonada en medio de aquél claro del bosque, con aquellos árboles tan húmedos, altos y muertos como el color de la madera que revestía la casa.

Me daba miedo, pero decidí escalarla. Decidí no era exactamente la palabra, porque pensaba que había alguien allí, y automáticamente mi cuerpo (o mi sueño) me llevó a trepar.

Me coloqué en una de las esquinas y comencé a trepar. Poco a poco la madera de la mansión pasó a ser piedra del mismo color, como si la mansión estuviera hecha de ésta, y ahora tenía pequeños torreones como para darle a la mansión un aire medieval.

Cuando llegué a lo más alto de una torre, me apoyé en un tejado lo suficientemente inestable para que cayera al suelo, causando un gran estruendo. Sin embargo, no pasó nada. Seguí escalando en ésa torre hasta alcanzar una ventana. Dentro de la ventana había una habitación iluminada y moderna, con un escritorio justo junto al cristal. Había una mujer. No era especialmente guapa, pero tampoco fea. Llevaba el pelo negro largo y algo rizado y facciones delgadas, y unas gafas. Sus ojos despertaron de la lectura en la que ella estaba sumida y me miraron preguntándose qué clase de bestia azul había aparecido trepando hacia su ventana.

Una gárgola, un troll, un espíritu faérico del bosque. En definitiva, un ser azul con garras en vez de manos que rompió el cristal y agarró a la joven que parecía sorprendentemente alegre de encontrar a algo o alguien que parecía haber estado buscando en los libros. Parecía hasta bruja. Pero élla se dejó agarrar.

Mi yo azul desconocido dió un salto hacia atrás de forma increíble precipitándose al vacío para llegar segundos más tarde al suelo y rodar varios metros con la mujer entre mis brazos para protegerla de daño alguno.

Ella encima mía parecía feliz de haber encontrado al ser que llevaba buscando, y yo, extrañado y encerrado en aquél cuerpo me limitaba a observar tal fenómeno. La muchacha comenzó a recitar palabras tan antiguas como el bosque y a mover los dedos sobre mi pecho, dibujando círculos antiguos y paganos.

Y ahí acabó mi sueño.