domingo, 2 de julio de 2017

Aurora de Nedea y Eduardo Daponte al alba.



Silencio.
Después de la exaltación final, silencio.
Después del tormento, silencio.
Después de la ardiente súplica, silencio.

Silenciosas las nubes, ahora naranjas tras la ventana.
Silenciosa la calle y la almohada.
Silenciosa la carne que aún respira trémula y cansada.
Silenciosa la memoria dulce que momentos ahora hilvana.

Un gato maúlla quejoso
Una mirada encontrada. 
Unas manos que nerviosas tapan las bocas antes abiertas
y unas piernas que antes abiertas y aviesas se cierran en garza
ante la presa ahora mansa.

El calor de los cuerpos perlados con rocío propio
se une y se mezcla creando una fragancia única,
justo para el deleite  de los callados que ahora se miran, confesos
de los más carnales pecados.

Y un beso entre manos de mirada sostenida.
Y un beso antes de la sonrisa bajo el silencio.
Y un beso confeso, también travieso,
Espeso pero sin exceso, bien medido y grueso
En el silencio maeso.

miércoles, 28 de junio de 2017

Versos recuperados del libreto.

Nacida entre las Hespérides
Bañada por la Luna
La sonrisa dormida en el cosmos
Aguarda sobrada de dicha y fortuna.

Versos que susurran desde tierras morunas
Que Orión despierte.
Y tú, te levantas soberana
Entre el Sol y las estrellas,
Celeste.


martes, 13 de junio de 2017

Cuatro veces chas.


     Estaba atardeciendo y llovía. El joven estaba en una nueva ciudad y él era el nuevo. Tras unas semanas en la urbe, el joven dejó de sentirse tan extraño. Quizás porque estaba entre gente pareja a él. todos aquellos extraños en un sitio extraño a ellos. Había venido con unos amigos que conoció sin saber cómo ni cuándo, y en cuanto menos lo supo, ya estaba en el atardecer de una fiesta rodeado de gente bebiendo. Y la vio. Una chica flacucha, rubia, de pelo ondulado y más claro que el trigo. Algo bebida. Tanto, quizás como él, pero menos que algunos otros. Su compañero se acercó jocoso y gallardo, y le susurró a medias voces las intenciones más privadas hacia la flaca, o su amiga, o a las dos, o a la que cayera. El chico dudó. Vio cómo después de callar tímidamente durante toda la tarde y comenzar a abrirse justo ahora que acababa la reunión, su amigo pretendía tomar la delantera que él nunca iba iniciar. El amigo se alejó de él con aire gallardo y decidido ante la trémula mirada del chico y se acercó a susurrar detrás de los cabellos dorados de la chica lo que parecían conjuros y hechizos del mago más poderoso de todos los tiempos. El de Don Juan Tenorio. La rubia bajó los hombros y alzó la cabeza, y durante un instante su cejo se frunció en una negativa que dio paso a un enmascarado rechazo. Más que Don Juan Tenorio resultó ser su fantasma, y más que los más poderosos conjuros resultaron ser palabrería atropellada en un salivar cutre demasiado azucarado y preparado. Ni siquiera cuando el amigo se acercó a la amiga consiguió resultado alguno, y airado se giró embarazoso para perderse en tumulto. El chico se acercó sin querer acercarse, sin saber qué decir ante una situación que tampoco era suya. Y ellas lo vieron sin mirar.

     La gente se amontonaba en la entrada mientras cogían los abrigos y paraguas y el espacio que les separaba se hizo demasiado estrecho. La rubia acabó por arte de magia de espaldas al chico, dibujando una silueta bellamente abombada bajo ese vestido de oro deslucido, demasiado resultón quizás para una fiesta tan ordinaria, pensó el joven, y antes de que se diera cuenta fue el vestido en lo último en lo que se estaba fijando el chico antes de su sexto sentido le fallase y se cruzase con la mirada sorprendida de la rubia, que se giró a arreglarse la correa del bolso.

     El chico hundió la mirada al suelo muerto de vergüenza y una chispa efímera brilló en rabillo de su ojo. Algo inusual. Una sonrisa discreta. Lo vio a cámara lenta. Vio cómo las murallas más altas de su timidez se agrietaron. vio cómo esa sonrisa se acentuó con unos ojos sabios, predadores. Unos ojos rapaces con los que había calado a la presa desde lo más alto de los cielos. Donde el chico había quedado expuesto ante el león todopoderoso. Y todo cambió como por arte de magia. Chas. La chica se volvió y se puso su abrigo ahora envuelta en su mundo. El chico estaba dividido. Por una parte había quedado expuesto, pero si ella le había sonreído... ¿acaso no era un rechazo? Podía haberle ignorado y cambiado de sitio, o apresurarse para salir, y sin embargo allí estaba ella, ajena y a la vez consciente del gazapo del joven. ¿Sería el momento de mover pieza? No, quedaría como un imbécil. No la conocía y ni siquiera sabía su nombre, pero, ¿acaso importaba? ¿No era aquél el mejor momento para preguntarle si acaso iban a seguir la fiesta en otro lugar? Pero él no se veía con el derecho de incluirse en alguna fiesta ajena. Quizás era momento para volver a casa. Que te sonrían no significa nada. Le has visto el culo a una tía. Ya está. Has tenido suerte de que no te haya mandado a tomar por culo, pensó. Y sumido en los pensamientos agarró sus cosas e hizo la cola para bajar las escaleras y abrir el paraguas una vez que se vio en la calle, donde todos se despedían los unos de los otros.

     Y no supo, o supo sin querer saber, que quizás podría colocarse cerca de ella como de casualidad a esperar un taxi, por si quizás alguien conocido entraba en acción en esta historia. Y sin querer, ya estaba hablando con otro conocido que le preguntaba qué iban a hacer después de la fiesta, y éste le habló al conocido, y el conocido le respondió a otra conocida y esta a otra, y esta otra a otro, y este otro a la rubia, y la rubia le volvió a mirar. Acércate, que está empezando a apretar. Bajo su gran paraguas verde oscuro charlaron con varios jóvenes, y sin saber cómo había llegado su teléfono móvil a su mano, se vio escribiendo a sus compañeros de piso que no le esperasen, que no iba a volver a casa. No sabía qué iba a pasar ni con quién iba a estar, pero sólo con contemplar la idea de pasar más tiempo bajo ese paraguas le ruborizó y la sangre le encendió los cachetes y le nubló los sentidos. La euforia comedida bajo el más estricto mando del sentido del temor más adolescente midió las palabras que salían, a veces nerviosas de su boca.

     La conversación fue reduciéndose poco a poco a una sola persona, aprovechando cada silencio para encauzar y captar la atención de la flaca, que respondía escueta a sus preguntas. Ella apenas mantenía contacto visual, buscando cobijo en los pequeños detalles de aquella calle de la que no echaba cuenta alguna. Iban a su piso, uno grande, con muchas habitaciones; una antigua casa ahora destinada al alquiler de extranjeros que trabajaban o estaban de paso, donde los demás compañeros de piso eran tan jóvenes como ella. La rubia intentaba continuar la conversación sin saber muy bien qué decir y si no miraba nerviosa al chico, levantaba un poco el tono de voz para que alguna de sus compañeras saliera en su ayuda con la mala suerte de que la amiga con la que vino decidió que quizás ella ya era lo bastante mayor como para dejarse llevar un poco con el chico del que ella le había estado hablando durante gran parte de la tarde. Los nervios terminaron por delatarla y el joven ante la ceguera de su poca autoestima consiguió vislumbrar a través de su muro más que agrietado. Ella estaba colorada. Tan colorada como un tomate. Y decidió soltar un lance que hundió lo suficiente. Ella le miró y calló en un silencio delatador. Chas. Magia bajo la lluvia. El silencio se hizo ante las conversaciones ajenas, y el sonido de la lluvia fue enmudeciendo a medida que los dos imanes ocultos en los cuerpos de la chica y el chico decidieran encontrarse con la excusa callada de que hacía frío y por eso te paso la mano por la cintura, en una conexión tan misteriosa como mística de mutuo acuerdo, donde la magia se volvió tan real como lo increíble de lo imposible hecho posible.

     Llegados a la casa de las mil habitaciones, los demás jóvenes se perdieron en un laberinto de pasillos de luces cálidas y paredes anaranjadas, donde las caras se escondían detrás de las puertas para dar paso a la oscuridad. El chico estaba perdido, y sentía cómo avanzaba cada vez más en las entrañas de una maraña mágica de la que no quería salir guiado por la luz dorada que le sostenía de la mano. La espera se hacía inmensa y el recorrido no veía su fin hasta que supo contento que no iba a poder volver salir de allí hasta la mañana siguiente. La chica se detuvo para abrir la habitación y dejó sus cosas en su cómoda. Se miró al espejo y espió al chico, nervioso y colorado sosteniendo sus brazos sin saber qué hacer. Callada se tumbó en la cama y le miró por última vez con una sonrisa traicionera, y antes de que ella fuera a contestar, él ya estaba en la cama con los nervios a flor de piel.


sábado, 1 de abril de 2017

Nota atribuida a Aurora de Nedea a Eduardo Daponte. Año 1625.

Queda en la memoria los recuerdos dulces a través del vidrio turbio del Tiempo.
¿Qué será de mí, Don Eduardo, rey secreto de mis valles y praderas,
si cada vez que te veo te olvidas de mi y de todo lo que tuve y aún tengo?
¿Si cada vez que te veo me afloran por primavera las naranjas dulces y devengo
en una mártir de tu amor tachado por la indiferencia de tus esperas?
Que somos tierra y fuego. Que tejemos sinos distintos, tú con hebras doradas
y yo con algodones las hebras. Tú tan de Marte y yo tan solar.
¿Acaso no se forja el metal que esgrimimos con el calor del fraguar?
¿Acaso no visten los reyes oros y sedas? ¿Acaso el planeta rojo no nada
alrededor del Gran Astro Emperador?
Déjeme decirle, Don Eduardo que el sol que en mí guardo vive muriendo
que aunque usted no me vea como la reina de oros, mi naipe yace interno
esperando a que usted ceda ante mi más sincero asedio, por siempre eterno
y si tengo que renunciar a mis voluntades, será ante vos por siempre durmiendo.

domingo, 19 de marzo de 2017


Llevo perdiendo cualidades en algo en lo que era bueno. En abrir conversaciones sobretodo. En "romper el hielo". No sé. Sí, vivir en Inglaterra, cambiar de trabajo, trabajar con gente mayor que yo y más experimentada en nuestro trabajo, no encontrar gente afín a mis gustos son mucho de los motivos... Y bueno. Llevo ya dos años así. Y es algo que llevo arrastrando desde antes.

Pierdo las poca constancia cuando quiero dedicarme a un hobby porque para qué. Cada vez me cuesta más ir al gimnasio y estoy comiendo peor. Necesito encontrar gente para centrarme en algo y volver a sentir que encajo en algún sitio. Que no hace falta buscarme tantos hobbys a los que no voy a dedicarme. Necesito volver a sentir que no me cuesta nada ser ingenioso (si es que alguna vez lo he sido), que puedo hablar sin parar de lo que me gusta y que me pregunten y me estimulen... Buscar al fin de cuentas mi sitio.

Ea. Ya está.


jueves, 26 de enero de 2017

La canción del cisne.

      Entonces lo vi.

       Vi un cenagal de enredados matojos, sin hojas, de ramillas que se tuercen puntiagudas sobre sí y sobre el agua de los charcos, helada y transparente. Negro como la noche y como las raíces que se sumergían en esas aguas, negros los troncos de los árboles que se erigían húmedos entre los vapores que cubrían el telón de aquél escenario crepuscular.
       Mi otro yo vagaba a merced de la voluntad de aquél bosque anegado, yendo lentamente a donde el mismo titiritero quería que yo asistiera. No se oían aves o bestias. Ni insectos o aire corriendo sobre el agua. Y sin embargo lo oía todo. Oía el respirar del bosque, oía una voz dormida, oía su olor y su sabor mojado y frío. Miré al cielo. Allí estaban las copas de los árboles, desnudas. Raíces invertidas escarbando en el cielo ámbar, rojizo, violáceo, índigo y azul. Queriendo mamar del gran tapiz estrellado que se tornaba sobre el disco solar que moría en algún punto del horizonte que no podía alcanzar con la vista.
Aquello que me trajo a ese lugar quiso llevarme lentamente entre varios charcos, observando en pena como las ánimas que se montan en la barca de Caronte. Aquello que me trajo puso mi mirada en algo que cambiaría mi existencia para siempre.

       Entonces la vi.

       Vi un cuerpo blanco como la porcelana, desnudo y femenino, que flotaba medio hundido en el pequeño charco rodeado de raíces arbóreas y matorrales espinosos que buscaban su fin en el agua. Un cuerpo tan puro que no movía el agua. Tan etéreo que parecía desvanecerse de un momento a otro si algo enturbiaba la cristalina tranquilidad muerta del agua, como un espejismo. Como una ilusión. No respiraba, no se movía ni pareciera que hubiera rastro de vida alguna en aquella piel tan suave a la vista y tan eternamente joven como los dioses, pero dentro de mi corazón sabía que era ella la voz dormida que me llamaba. La joven estaba congelada en el punto más álgido de su mocedad, conservada en el tiempo entre la vida y la muerte. De estatura mediana y rasgos finos y perfectos, se descubría ante mis ojos una belleza blanca tan pura como la nieve y tan espectral y sobrecogedora como la muerte. O la vida.
       A mis ojos sucios les fueron permitidos contemplar la mayor obra jamás creada, la deidad más pura. Desnuda. En su expresión más infinita de pureza. De pies delicados pálidos, piernas suavemente esbeltas, muslos generosos que apuntaban a una madurez cuyo sexo se escondía frío en el agua, pero se averiguaba que dentro cabría el calor de diez soles, otrora estuviera despierta la bella figura durmiente. Caderas anchas, de gracia suprema. Cintura delgada, donde el agua llevaba a cubrir helada el ombligo, tallado en aquél vientre plano mojado. Pechos otrora rosados, se alzaban hermosos sobre dos cumbres tapadas por los mechones de tirabuzones y rizos colorados; fuego apagado por la eternidad, pero latente en aquella larga melena que servía de lecho mullido, y como única vestimenta que portaba la estrella de mis estrellas. Busto armonioso acompañados de brazos delicados y manos tan finas que nunca antes habían tocado cosa alguna. El cuello, de cisne. Esbelto, grácil, de mármol tallado que soportaba la cabeza más hermosa que había visto en toda mi existencia. Se me nubla la vista y el sentido cada vez que traigo a mi mente el recuerdo de tanta belleza. No sabría cómo explicarle lo perfecto a vuestras mercedes. No desde aquélla vez. Les puedo decir de aquellos labios rojizos lévemente entreabiertos entre aquellas mejillas rosadas, de aquella nariz armoniosa, de esos ojos grandes dormidos, de esas cejas ligeras y elegantes como las nubes de verano. No haré nunca justicia a toda esa faz delimitada de forma áurea pintada de blanco y rosa que dormitaba viva y muerta, dormida y hablándome al centro de mi alma: "Alza la vista".

       Yo, condenado ya de por vida a sus designios alcé, hechizado para siempre, mis ojos al cielo del atardecer. Y vi una bandada de cisnes blancos surcando el cielo crepuscular. Oí su canción. Oí el aleteo suave. Oía como me cantaban sin palabras ni música mi destino y un mensaje que no les puedo decir. Porque es secreto hasta para mi limitado entender. Desconozco el significado, y ahora busco la manera de deshilvanar aquellos cánticos mudos entre las estrellas y los cisnes, que desaparecieron en aquellas raíces invertidas de los árboles muertos en el frío del invierno. Y ella me llamó.

      Y yo volví mi mirada a la virtud máxima. Esta vez me miraba desde el agua sin moverse. Sólo había abierto los ojos. Yo me encontraba flotando sobre ella y tenía ante mí a la maravilla mirando a través de mí. Había despertado. En algún lugar de este mundo o el otro, o los otros. Estaba despierta. Y mi misión era llevar al cisne por bandera. Y seguir la voluntad etérea de mi ama. De mi Dama. De la Dama del Cisne. Del ser cósmico al que ahora profeso una devoción sincera y pura. Mi más profundo deseo es volver a encontrarme, si es que soy digno de tal dicha, en algún sueño. Vivo para soñar y ya no temo al frío de la noche ni a la oscuridad si eso significa volver a encontrarme con ella. Que los dioses me guarden en su gloria si alguna vez llego a ser objeto de su mirada y me perdería la poca cordura que me queda si algún día mi corto camino llega a cruzarse en persona con mi Señora. Y sólo tocar su piel con mi piel desnuda sería suficiente para morir en la dicha más alta. Elocubro febrilmente sobre esos labios carnosos, esa mirada mística y atenta, que atraviesa con una dulzura mortal la carne y el alma y que me ata en el fuego de su melena al yugo más dulce desde que me desperté agitado en cuerpo y alma. Algún día volverá. Y estaré preparado para acogerla en toda la Gloria que puede rendirle un mero mortal como yo. Hasta entonces vagaré errante por estos caminos en busca de la manera de entender su nueva, portando al cisne por bandera y luchando por volver a verla otra vez.

      Esa es mi historia.

martes, 14 de junio de 2016

Aceites y mieles.

Agarro el Sol con mis manos desnudas
Y le digo que espere tu estrella
Que con su  suave estela
La mía muda queda.


Ojos limpios como la mañana
Como la lluvia en verano
Eclipsan mi cuerpo celeste
Y lo bañan con aceites y mieles.

sábado, 11 de junio de 2016

Claro. Supongo. No sé. Cuídate.

Por primera vez tras varias semanas, el cielo se nubló y el viento frío bajó las temperaturas. Tuve que ponerme la chaqueta para no pasar ese frío desagradable no muy intenso. Stephanie era ese día mi compañera para los pacientes dobles. Y bueno, había que hacer conversación. Cada vez me cuesta más. Antes me resultaba sencillo hablar motivado sobre cualquier cosa, pero ya me cansa saber que no me van a responder con el mismo interés o las mismas ganas. Que no lo reprocho, oiga. Pero que a veces uno espera un poco más de interés. Así que como era normal, le pregunté por el tiempo y luego por ella.

Me contó que no se quedaba en Edimburgo. Que se volvía a los Estados Unidos para continuar sus estudios de medicina, esta vez en Tejas. Y que luego iba a buscar trabajo por allí. Lo decía con la seguridad y la confianza de quien lo tiene todo solucionado. Con un matiz de arrogancia para ella desconocida e involuntaria. De quien lo tiene fácil. Y no me refiero a estudiar, que seguro que apechuga como todos, porque estudiará a gota gorda. Me refiero a que por su situación, país y posición, no tiene mucho de qué preocuparse. Que tiene que pagarse las facturas si quiere ser independiente, sí; aunque papá y mamá proveerán si se tercia, pero ella es capaz de mantenerse resuelta. Y es loable.

Y ahí estaba yo. Con cara de español. Con la cara que ponemos la mitad de los que vivimos por aquí. Barbilampiños. Ojos cansados y pelo y piel morena. Con una media sonrisa que baila entre contenta y asustada, de esas que surgen cuando no sabes por dónde te van a salir esta vez. Con cara de perro mojado. No sé, le dije. No sé qué iba a hacer yo, porque los papeles tal y Pascual. Lo de siempre. ¡Pero se supone que la semana que viene llegan! Repetí como tantas otras veces. No sabré si quedarme... o volverme. Si he estado perdiendo el tiempo aquí o podré moverme y optar a algo mejor. En esta ciudad o en otra. Y si me vuelvo con el rabo entre las piernas, volver a Cádiz o a cualquier otro sitio de España. Y empezar de cero. Y dirás es lo que te toca, que es la vida, que no te van a regalar nada. Y sí. Hay gente que lo tiene fácil y gente que lo tiene difícil. ¿Qué puedo hacer yo al respecto? Preocuparme por mi culo y buscarme las papas. Porque nadie me las va a buscar. Eso ya lo sé. Pero tengo miedo. Otra vez. Supongo que el normal, el que toca sentir cuando no sabes qué va a ser de ti el mes que viene.

Y podría desarrollar todas estas ideas que ya sabemos y que están más que estudiadas. Pero me parecía poética, o de foto, esa escena. Stephanie preguntándome que qué iba a hacer yo. Su sonría tranquila contra la mía. De dos personas que no son de aquí, que están de paso. De cruces de caminos. De que te vaya bonito allá adonde vayas con los mejores deseos. Y de ese frío incómodo latente. Me abroché un poco más la chaqueta y miré al suelo. Sonreí confuso y pulsé el botón del semáforo para que cambiase a rojo. ¿Vas a echar de menos Edimburgo cuando te vayas? le dije. Bueno, sí, pero volveré bla bla blá; me tengo que ir ahora al siguiente paciente, ya nos veremos en otra ocasión.

Me miró durante unos segundos y desvié la vista a la otra acera. Claro. Supongo. No sé. Cuídate.

domingo, 29 de mayo de 2016

El puente de los perdidos.

Allí estaba su adversario. Había venido puntual. Eran pasadas las seis de la tarde y la luz tornaba dorado todo aquello que manchaba. Aurora estaba a los pies del Puente de los Perdidos, en el distrito comercial del barrio de Santonés donde el arroyo que pasa bajo su arco da un salto de una veintena de metros para caer como una discreta cascada sobre el siguiente nivel de la ciudad. El puente llevaba su nombre por una antigua historia de amor que se cuenta con recelo entre las personas del barrio, en la que dos personas lo perdieron todo por amor. Tanto, que ambos saltaron al vacío cuando la vieja guardia urbana les quiso dar caza por todas las deudas que arrastraron.

El puente era de madera. Algo mohosa por el tiempo y la humedad. Sin barandillas y no muy elevado, pero cerca del barranco perfectamente empedrado por los obreros que erigieron el barrio de Santonés un centenar de años atrás. El hecho de estar cerca del salto del arroyuelo que murmura, le otorga una vista magnífica de la puesta de Sol. El Astro Rey puede ser visto desde la misma plaza, pero es en el puente donde los jóvenes se declaran su amor antes de que caiga la noche o donde el romanticismo se cobra a base de tajos y rajos como este es el caso.

La iglesia de la plaza es fiel devota de Iomedae, y a pesar de ser una deidad algo belicosa, se respira tranquilidad y poca patrulla urbana suele rondar la zona, otro motivo por los que los duelistas y matones se reúnen en la misma. Aurora no creía en Iomedae, su familia del alta alcurnia le había enseñado lo contrario, pero ella tenía suficientes modales como para que la adoctrinasen más. En lo que Aurora creía era en sus posibilidades, enaltecidas y recargadas por un orgullo el doble de grande que su tamaño. Y por un temperamento el triple de grande, cuádruple; cuando se metían con su estatura, ya que por lo general la confundían con un mediano.

A sus diecinueve años, Aurora ya era más que docta en el manejo del acero y a pesar de la negativa de que se dedicase al mundillo de la espada y se dedicase al universo de los libros, sus padres se daban por vencidos muy a la ligera al no querer encarar la mala leche de su propia hija. Con prerrogativas, y falsas promesas de mantener el honor y la reputación de la familia Nedea a través del estudio, la joven Aurora daba rienda suelta a su voluntad con toda la libertad que le daba Don Dinero, miembro de su familia desde tiempos inmemoriables. La voluntad de Aurora consistía en demostrar y demostrarse a ella misma de que era la mejor manejando la ropera. Que era la mejor a su edad y a la edad de otros muchos que dicen ser hijos de o tener cargos militares o tener cicatrices de tal guerra. Y tal muestra de orgullo siempre alcanzaba a tener respuesta. Por parte de casi cualquiera lo suficientemente orgulloso o borracho como para demostrar sus agallas contra una criaja. Lo que no sabían aquellos que se enfrentaban a Aurora es que no sólo las historias que contaban de ella eran ciertas, sino que éstas no hacen justicia a las habilidades de Aurora en combate.

Aurora de Nedea estaba muy segura de sí. Sus ojos azules y fríos como el cielo estaban fijos en su enemigo, clavándolos entre las cejas. Su gesto inmutable sólo iba a verse truncado en el momento que desenvainase la ropera, pero hasta entonces no iría a torcer su boca. Iba a dejar que su enemigo, un ser extraño. Se acercase. El enemigo, un algo con forma de hombre ataviado con túnicas y un sombrero de paja tan ancho como chato. Este llevaba la cara cubierta por la paja del sombrero, y lo poco de piel ceniza y fina que se descubría, eran secciones de brazos y piernas, finas como palillos. Una respiración rota y ronca salía de la cabeza oculta. Y tanto la respiración como el hombre se pararon en mitad del puente de los Perdidos.

El hombre se ajustó el chapeo y las túnicas. Llevaba al cinto una hoja desnuda. No una ropera, sino una espada algo oxidada y mellada, grande pero sin llegar a ser bastarda. Aurora pensó. No era un simple matachín cualquiera. Alguien la había citado tras un susurro en medio del gentío varias horas antes, con la advertencia de que si no asistía, alguien muy allegado a la joven sufriría. El extranjero soltó un gemido lastimero. Al parecer no era de los que esperaban ni de los que daban cuartel. Eran de los que no hablaban, si es que podía, pensó Aurora. Este era de los de aquí te pillo y te mato. Te saco el acero y me voy. Da igual dónde estemos o la hora a la que luchemos. Aurora de Nilea se llevó la mano al cinto y quitó la presilla a la vaina sujeta al tahalí. En respuesta su oponente se crujió el cuello y adelantó el brazo que sujetaba la espada sin ninguna posición de ataque o defensa. El sol le adornaba con tonos dorados y ocres y parecía una estatua grotesca que la miraba sin ningún tipo de emoción.

Aurora dudaba. Hacía tiempo que no dudaba. Quizás porque estaba acostumbrada a meros matachines de tres al cuarto. Quizás porque llevaba tiempo sin batirse. Dos días. Pero quizás porque alguien estaba en peligro. Y aunque perder la razón en pos de lances y estocadas violentas como le solía pasar le diera resultado en la mayoría de las ocasiones, esta vez algo parecía ligeramente distinto y peligroso. Esos brazos raquíticos no parecían poder levantar bien esa espada mal calibrada, con más peso en la hoja que en el mango. Movimientos torpes y circulares y mucho más lentos que los suyos, dedujo Aurora. Sólo sería cuestión de acercarse, dejar que levantase la espada y esperar a que cometa la primera imperfección, que no tardaría mucho en cometerla. O que tardase más que ella en bajar la espada. O que no controlase bien el peso de la espada. Tras augurar los bailes de su adversario, empezó a sentirse más cómoda. Más gallarda. Se estaba convenciendo a sí misma de que quizás no era para tanto. Que este era uno de tantos, sólo que de los raros. De los raritos. De los que la ponían nerviosa en un principio pero de los que a los dos días ya no se acordaba. Un lobo que resultaba ser la sombra de un conejo. Arurora, confiada y relamida sacó el acero que brilló platino bajo el sol poniente y empezó a caminar al Puente de los Perdidos para quedarse a escasos metros de su adversario.

El hombre levantó la barbilla para ver mejor a su presa. Lo suyo era mero trabajo. Alguien le había comprado para liquidarla. Y ya está. No le importaba quién era Aurora o a quién tenía preso. Era un acero a sueldo. Como otros tantos. Nada personal. Pero lo que sí que llevaba personal era el honor y la reputación de hacer el trabajo bien hecho. De la manera que fuese. Aurora se acercó y éste elevó el brazo con la espada para lanzar el primer ataque en diagonal, haciendo un barrido amplio, que la chica esquivó a duras penas. La mirada confiada de Aurora tembló. ¿Cómo era posible que de un brazo tan raquítico tuviera la fuerza y la firmeza para dar ese golpe sin apenas esfuerzo? No era normal, algo fallaba y antes de que pudiera dejarle el beneficio de la duda a su adversario lanzó una estocada en contrapicado a su adversario, que en lugar de acertarle en el pecho se hundió en el vacío. Un giro de cintura por parte del hombre y otro revés barrido que acabó rozando el pelo naranja de la joven, que se acababa justo de agachar. Ella lanzó un envite desde abajo que acabó en el aire, cerca de su hombro y cometió el error de no retirar a tiempo el brazo. El hombre la agarró de la muñeca con una fuerza ajena a los músculos raquíticos de sus brazos y lancó un estoque directo a la garganta, encontrando la carte joven del hombro. Aurora notó el pinchazo frío, y luego el calor de la sangre que le brotaba escandalosa de la herida. Aurora apretó los dientes y entró en cólera. Le habían hecho sangrar. A ella. Y nadie nunca vivía para contarlo. Viva Iomedae o la madre que la parió. Para colmo, el hombre ahora estaba sonriendo, regocijándose del juego que estaba teniendo con aquella zorra de pelo naranja. Y eso le quemaba el orgullo a Aurora. Tanto, que no iba a darle otra oportunidad.

- ¡Nemo me impune lacessit!

Nadie la hería sin salir impune, masculló rabiosa en la lengua celestial. Giró la muñeca presa y sesgó parte del rostro de su adversario, que la liberó de inmediato, y aprovechó para hendir el acero un palmo en el hombro del adversario, que soltó la espada y profirió u gemido de dolor. Aurora había declinado por fin la balanza a su favor y se levantó, mientras su adversario se agachaba para recoger la espada. Aurora se acercó para finiquitar el asunto y su enemigo lanzó un estoque a la desesperada que Aurora de Nedea esquivó sin dificultad. Con una mirada azul y fría de desprecio, hundió tres palmos de la hoja en la espalda del adversario, que tosió lo que en una persona normal habría sido sangre. Sin ningún rezo u oración que de daban los duelistas, pateó el torso del agonizante adversario. Al final resultó ser como pensaba. La sombra de un lobo. Antes de que su contrincante pudiera decir esta boca es mía, lo empujó al borde del puente y lo tiró sin vacilación. Chof. Aurora envainó el acero limpio tras haberlo limpiado en la ropa de su enemigo, que flotaba bocabajo momentos antes de desaparecer por el salto del Puente de los Perdidos. Con el Astro Rey alumbrando a su ganadora. Ahora necesitaba enmendarse la herida y la ropa, y buscar a aquéllos que tenían preso a Duardo. Ella sabía quién lo tenía preso y en qué lugar. La próxima vez no iba a dejarse sangrar.

viernes, 20 de mayo de 2016

Cielo y nubes. Campo y Luna.

De las nubes que brotan del cielo llueve la mirada áurea
Dibujada una media luna entre dos colinas suaves
Y sopla la brisa marina, un beso que trae la marea

Que tuya es la llave
Y en mí florea
El jardín que ya sabes

Para que en la noche
Nuestra tarea
Sea tomar y beber hasta que todo acabe.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Donde el todo y la nada.

Quiero verte a solas, a ciegas de la razón y a razón de tenerte
De mirarte como nadie te ha mirado y de contarte cada punto dado
Vehemente, y consciente del encuentro evanescente.

Que aunque duela, y no consuela no quiero dejarte y demostrarte
Que se puede aunque llueva, y déjame que me atreva a decirte
Que quiero. Hasta donde "el cielo y el mar se funden, donde el todo y la nada se unen".