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viernes, 23 de noviembre de 2012

Manos y truenos.


Uprimm miró a Nahai y llevó su índice en busca de sus labios. Ambos, agazapados habían encontrado un oso al haberse adelantado tanto, y se encontraban atentos entre los arbustos. Uprimm a escondidas, tensó su arco.

Nahai había crecido bastante desde que lloró aquélla vez en el Altar de la Luna,  uno de sus lugares secretos de la infancia. Ahora era un hombre. O así se hacía llamar. Nueve años después,  había crecido en altura, aunque no tanto como Uprimm, ni era tan rubio, ni tan fornido, ni tan tosco. Y apenas tenía barba. Lo que también había crecido era esa singular y elevada temperatura corporal, además de otras nuevas habilidades.

El oso, alertado, levantó la pesada cabeza y buscó olfateando un cierto olor a quemado. Quizás, el hecho de que Nahai fuera flamígero podría presentarle ciertas desventajas ante un olfato animal agudo. Uprimm, al ver que la bestia dirigía la mirada al mal escondido Nahai, cogió un guijarro y lo lanzó en sentido contrario al del mitad kalkrita. El oso entornó las orejas y seguidamente el hocico hacia el sonido del guijarro, dándole a Nahai una oportunidad que le costaría la vida al oso. Nahai salió de su escondite danto un poderoso salto mientras que Uprimm soltaba una flecha dirigida al gaznate del animal.

La flecha se hundió en el grueso pelaje del animal momentos antes de que éste pudiera reaccionar ante Nahai, del que salió un chorro de fuego de su mano brillante hacia el indefenso animal. Al momento, el oso cayó muero y algo quemado sobre el húmedo suelo del bosque. Uprimm y Nahai eran cazadores. Los años de niñez habían quedado atrás, y donde antes hubo diferencias, ahora existían fuertes lazos de unión. Así eran los kralkrien. Un pueblo frío como el invierno a primera vista, pero para quienes les conocen, tan cálido como las camas kalkrita.

Uprimm sacó la flecha del gaznate y la limpió entre sus ropajes. Bastantes, pero adecuados al frío que hacía. Nahai, sin embargo iba mucho más ligero de ropa y tendió su mano a Uprimm con una sonrisa:

- Nahai, con la mano incandescente no, hermano, que quiero conservarla.

- Oh, disculpa, ahora la enfrío - Hizo unos aspavientos con el brazo, aún al rojo vivo, hasta que poco a poco se enfrió y tomó su color normal -. Mira, aún me quedan lenguas de fuego.

Uprimm observó atónito cómo se apagaban poco a poco las lenguas que surgían azarosas en la palma del flamígero compañero.

- Nahai, mi abuela me contó que existen gente como tu padre que cazan con truenos y rayos...
- ¿Con truenos y rayos?
- Sí, según me contaban había gente en el sur que usaban "varas" echas de hierro o materiales más brillantes y ligeros para cazar. ¡Lo usaban a modo de arcos! Algunos sonaban como truenos, pero no se veían flechas y otras varas eran tan silenciosas como la noche, pero sí lanzaban rayos a mucha distancia.
- ¿Varas que lanzan truenos y rayos? Uprimm, tu abuela ya ha vivido muchos inviernos...
- ¿Crees que vendrán gente como tu padre alguna vez a la aldea? Nos podrían enseñar con varas.
- No lo sé. Ya te he dicho que no sé nada de mi padre. Silba y llama a los demás. Hoy, habiendo cazado ésto eres capaz de cortejar a la muchacha de tus vecinos. Ya sabes, yo digo que me salvaste del oso y ya tú te inventas el resto...

Uprimm le golpeó la espalda jocosamente y silbó. Teniendo el fuego de Nahai y las flechas de Uprimm, no harían faltas "varas" en los largos inviernos kralkritas, pensó el muchacho de fuego.

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