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miércoles, 6 de octubre de 2010

El detective John Tapioc y el extraño e incognoscible y esotéricamente bizarro caso del asesinato a la hora del te en la mansión del futuro alcalde de Weirdtown. Y demás. ¡Que quede claro!

Historia corta pedida por suadhisthana en Formspring con las siguientes características:

Palabras claves: bañera,flores,asesinato. 

Tiempo: la hora del té. 

Lugar: un pueblo perdido de inglaterra 

 

- ¡Ah! Comprendo, comprendo. Así que, teniendo presente a los tres sospechosos justo delante de mis narices, os diré cómo he llegado a mi veredicto. Escuchad con atención queridos… ¡Becario, enciéndeme el foco portátil y enciende la gramola!

- Pero, señor Tapioc, ¡esto es algo serio! No puede ponerse a cantar como en una actuación, ¡han matado al próximo alcalde de Weirdtown!

El detective John Tapioc, lanzó una mirada de soslayo al joven incrédulo (o eso era lo que él creía) que decía ser su ayudante en el mundo de la investigación privada. Al cabo de unos instantes y bajo la mirada del mismo becario, el jefe de policía del pueblo y los tres sospechosos, accedió a no cantar durante su discurso final tras un exhaustivo análisis de datos y pruebas.

- ¡Está bien! Pero a cambio deberás estar callado y no interrumpirme para decirme conjeturas como “eso no me parece correcto” o “¡ése hombre no está muerto, señor!”, porque, ¡sí que estaba muerto ésa otra vez! Sólo que murió después… -añadió en voz baja-. ¡En todo caso, tengo el asunto resuelto, caballeros! Espero que le guste, jefe de policía Smithsons.

- ¡Uy, sí! ¡Uy, sí!

El jefe de policía Smithsons era un señor regordete que temblaba de emoción cada vez que el superior del chico becario cantaba una palabra. A pesar de su entrada edad, su bigote grisáceo contrastada con unas mejillas coloradas de emoción. Era un fan incondicional del detective Tapioc, y no se avergonzaba en dar pequeños saltos de alegría ante su presencia.

- Señor Smithsons, por favor, acérquese y huela esta colorida flor que llevo en la solapa de mi gabardina antes de continuar con el veredicto final.

- ¡Uah! ¡Me ha mojado, señor Tapioc! ¡Qué pillo!

- Le había tomado el pelo, ¡esta flor lanza agua!

Por si no había quedado datado, el detective otrora se dedicó al mundo del circo. Fue payaso. Y claro, a veces no se podía reprimir. Los años de práctica eran los años. Pero para el becario, si fuera gracioso, se hubiera reído. Era la trigésimo séptima vez que repetía el mismo número en un momento similar, y el único que se reía a carcajadas era el gordito de Smithsons, y el último de los sospechosos, que disimuló una carcajada con una tos.

-¡Jefe, un poco de seriedad! Estamos aquí para resolver el caso, ¡no para juegos!

- Becario, déjeme hacer mi trabajo –respondió Tapioc, autoritario y protagonista-. Veamos. Comenzaré.

El detective Tapioc, comenzó a dar vueltas, acaparando la atención completa de los presentes en la sala, a pesar de la desgana del becario (más cuerdo que su jefe). La sala era una gran habitación muy bien iluminada con grandes cristaleras y techo alto. En el centro de la sala recubierta de fino parquet, se hallaba el cadáver del futuro alcalde del pueblo, con el torso violentamente aplastado por una bañera. La sangre que rodeaba al cuerpo ya estaba medio seca. ¡Una bañera!

El detective Tapioc tras tres vueltas, que denominó “tres coma catorce vueltas” se llevó la mano a la barbilla de forma heroica, y sosteniendo la mirada a los tres sospechosos proclamó:

- Caballeros, os contaré cómo ocurrió…

“El futuro alcalde del pueblo llevaba meses trabajando en su programa electoral y se estuvo esforzando demasiado en los más de veinte mítines dados a lo largo de una semana en el pequeño pueblo de Weirdtown (con una población aproximada de mil personas) por motivo de las aperturas de las urnas que se cancelaron ayer…”

-Espere jefe, ¿ha dicho que el futuro alcalde sermoneó más de veinte mítines en una semana? Es una locura, jefe, creo que está usted desvariando… ¿Y esa bañera?

- En absoluto, mi querido becario. Los datos son verídicos… De hecho, el que quizás sepa algo sea nuestro sospechoso número uno, el candidato del partido de la oposición Adam Devil…

 Las miradas de los presentes se dirigieron al primer hombre: Un hombre alto enchaquetado con mirada enfadada, con múltiples cicatrices en la cara y con una espalda muy, muy ancha.

- ¡En efecto! –Su voz, sin embargo era suave y dulce, detalle que asombró al becario pero que no inmutó al resto de presentes-. El futuro alcalde era mi adversario político, y tanto él como yo, competíamos por a ver quién de los dos daba más mítines políticos. Y claro, él me ganó con veintiséis y yo llegué a veinticuatro, ¡Y eso que las asistencias eran obligatorias!- a pesar de su fiero aspecto, denotaba un aire desenfadado y risueño-. Además conseguimos que nadie escapase una vez empezado el mitin…

- ¿¡Veinticuatro mítines de asistencia obligatoria!? ¿Pero cómo consiguieron que nadie escapase? ¿No son demasiados mítines entre ambos partidos para una semana en un pueblo tan pequeño?

- Jovencito, deja al sospechoso hablar –Se apresuró a decir el señor Smithsons-. Fuimos nosotros quienes impedimos salir al público.

- ¿Está insinuando usted mismo que la policía ha sido sobornada?

El becario estaba atónito ante la omisión del detective sobre el claro soborno sucedido.

- Escucha, mi querido becario –dijo el detective Tapioc-, Deja a los profesionales hacer su trabajo. Continúe, señor Adam Devil.

- Pero, pero…

El señor Smithsons regañó con la mirada al becario, como si hubiese hecho alguna trastada de niño pequeño. El joven becario ya no sabía qué pensar.

- Gracias, oh magnífico Tapioc.

- Lo sé, lo sé.

- Como iba diciendo, tuve envidia del futuro alcalde, y decidí cambiar mi “modus operandi” a la hora de hacer la campaña y, he de admitir que usé métodos poco ortodoxos… -El señor Adam Devil hizo denotar un tono malévolo en sus palabras, cosa que interesó al detective Tapioc-. Eso sí, nunca pagaría a algunos de estos señores para que planeasen un atentado a la hora del te de ayer, ¡en absoluto! – y cambiando a un tono más puro o angelical, y quizás más teatral a los ojos del sensato del becario, continuó-. Pero si he de confesar mis pecados, he de decir que sí que he caminado entre senderos oscuros… ¡Fui yo quien cambió los papeles del mitin número dieciocho, y tal acto cruel y despiadado provocó la confusión entre los asistentes!

El detective Tapioc se rascó la perilla y tras meditar, resolvió la duda que tenía en mente:

- Entonces, ¡fue usted quien condujo a error al futuro alcalde al confundirle en el mitin! Ya decía yo que fuera extraño que un alcalde prometiese prohibir los abrazos en público bajo multa…

- ¿¡Que dijo qué!?

-Becario –dijo el detective muy, muy serio-, jugar con la prohibición de los abrazos públicos es un tema peligroso. Tómate en serio tu trabajo y deja de comentar cada palabra que se diga.

-Yo ya lo doy por perdido jefe, esto es una locura –Tapioc le sostuvo una mirada de sincera seriedad, que hizo titubear al joven-, pero en fin, intentaré ser serio y permaneceré callado…

Entonces, el detective se acercó a Smithsons:

- Smithsons, toque aquí…

¡Moc, moc! Smithons rió de forma histérica y el último de los sospechosos disimuló una carcajada con una tos.

- Jejeje, ¡un claxon!

-¿¡Pero se puede saber qué hace, jefe!?

El detective  guardó el claxon, y alegando que no repetiría a repetir otro numerito, continuó con el interrogatorio. El agente de policía se secó las lágrimas y el joven becario se tomó una pastilla para tranquilizarse. La situación carecía de sentido.

Tapioc continuó con el interrogatorio:

- No mienta señor Adam Evil. Todos sabemos su odio hacia su enemigo electoral. Su abuela nos lo ha confesado todo…

-¿Mi abuela? ¡¡Maldición!!

El señor Adam Devil parecía sorprendido, lo cual asombró al becario, que no se esperaba tal suceso. ¿Qué pinta la abuela de Adam Evil? ¿Qué tipo de villano le contaba sus planes a su abuela? ¿Y a quién se le ocurre interrogar a la abuela de un sospechoso? Quizás el detective Tapioc sabía lo que hacía, o quizás habría acertado de forma azarosa. El joven becario estaba perplejo, aunque aún le quedaba mucho más.

- Su abuelita me contó que sí que usó métodos poco ortodoxos como contratar al sospechoso número  dos: El Dr. Johann Death. Un afamado científico alemán con numerosos reconocimientos en universidades, guerras y se rumorea que mantiene relaciones con los neo-nazis… ¿alguna objeción?

-¡En absoluto! Yo soy un buen Alemán que sólo obrrra parra el bien mundial, no tengo nada que  verr con el accidente del futurro alcalde, ¡Dah!

Ante la rudeza del doctor alemán, un tipo alto rubio de facciones cadavéricas, tan pálido como la bata blanca que vestía, a excepción de un brazalete rojo en el brazo izquierdo con una extraña cruz, el becario se aventuró a preguntar:

- ¿Qué me dice de ésa cinta? ¿Mantiene usted relaciones con los nazis?

- Porrr favorrr, esto serrr una mancha de café. ¡Soy un hombrrre bueno!

-Sí claro, de café…

El becario no se tragaba eso ni de buenas. Bastantes cosas raras se habían dicho ya como para creerse algo tan absurdo. El detective pareció no creer al doctor y continuó con su habladuría, cosa que animó al becario a no creer que se estaba volviendo loco:

- Mira,  tenemos un extracto del interrogatorio en la que la abuela de Adam Evil confiesa vuestros planes homicidas, donde explica el plan ideado por el doctor, subvencionado por Adam y que fue llevado a cabo por el doctor y el tercer sospechoso.

Los tres sospechosos temblaron de miedo al aparecer del bolsillo de la gabardina de Tapioc, una grabadora de mano. El detective, en un silencio absoluto presionó el boton de “play” y sonó una voz de anciana bastante agradable. Adam Evil se ruborizó:

“- Sí, miren, la verdad es que mi nieto Adam siempre está con sus jueguecitos extraños, y ahora la ha tomado con el nieto de la vecina de la calle de al lado. Lo peor de todo son que sus amiguitos también quieren hacer trastadas con él… Sí, el rubito escuálido y el orangután bobo que siempre se ríe por nada (nunca me cayeron bien, ¿me oye?). El caso es que llevan pidiéndome que les guardara planos y reactores nucleares en el trastero de casa, junto a aquellas bolsas con “maniquíes” que tan mal olían… pero ya no cabe más en el cuartucho, ¿sabe? Y ya estoy cansada de decirles a la policía y al servicio de inteligencia que Adamcito y sus amigos han ido a “vender polvorones para los Boy Scouts” (creo que son algo mayorcitos para meterse en esas cosas).

>> Pero sí agente, aunque mi Adamcito fuera el que planeó el boicot contra el futuro alcalde, y el que ha planeado matar al mismo con esos planos y documentos escritos y firmados en comuna con sus compañeros el día antes del asesinato, junto con todos los materiales que ahora se los daré, incluyendo sus huellas dactilares y demás cosas que tanto os gustan a los detectives.. He de decir que es un chico de buen corazón (los otros dos, entre usted y yo, son una mala influencia, ¡hágame caso!) y que nunca haría daño a nadie, excepto bueno, ya sabe, al futuro alcalde.

>>De hecho, me llamaron para decirme que le habían matado, pero no les hice caso y le pregunté a qué hora volverían a casa para hacerles la merienda. Luego me contaron en plan exacto que constaba de una serie de ecuaciones físicas a través del uso de un objeto pesado que describiría una trayectoria recta perpendicular a la superficie con una velocidad máxima, aprovechando un desliz del…”

¡Chac!

            La grabación se paró, y los sudores fríos recorrían las frentes de los tres individuos. El tercero, un hombre con una proporción inversa entre masa muscular y cerebro, temblaba más que nadie…

            Smithsons sin embargo, estaba pletórico por la genuina habilidad de Tapioc de haber descubierto a la abuela en cuestión, y el becario estaba a punto de sufrir un shock ante las declaraciones de una inocente abuela de pueblo. El becario no sabía si tomárse el caso a broma o no. ¿Cómo iba una abuela contar semejantes cosas?

            Tapioc continuó su discurso a punto de finalizar:

- Y como iba diciendo…

“El futuro alcalde del pueblo llevaba meses trabajando en su programa electoral y se estuvo esforzando demasiado en los más de veinte mítines dados a lo largo de una semana en el pequeño pueblo de Weirdtown (con una población aproximada de mil personas) por motivo de las aperturas de las urnas que se cancelaron ayer…”

            “… Como el señor Adam Evil quería su puesto, llamó a su colega el Dr. Johann Death, para que le planificase un fabuloso plan de homicidio infalible. Para ello sobornaron al personal de la casa, el señor Edgar, que disponía de la fuerza suficiente (y del cerebro suficiente como para hacerlo gratis a cambio de unas golosinas)…”

Edgar rió lentamente, como si fuese un cumplido. Sus cómplices le propinaron un puntapié.

            “… Para realizar un orificio enorme en el cuarto de baño, justo encima de esta sala y de nuestras cabezas, mientras el futuro alcalde se hallaba fuera de casa. De tal forma, que cuando el futuro alcalde llegase agotado ayer a la hora del te a su casa y pasase justo debajo del agujero del piso de arriba, el doctor Johann Death  le lance un rao de flores, con el fin de despistar al objetivo, y finalmente, Edgar tirase desde el piso de arriba la bañera del mismo cuarto de baño.”

Un ramo de flores y una bañera. Un ramo de flores y una bañera…

-¿¡Un ramo de flores y una bañera, jefe!?- El becario ya no daba más de sí. No podía ser cierto semejante memez de historia. No había manera alguna de creer en ese veredicto-. ¡Responda jefe! ¿Siempre tiene que decir sandeces? Mire, me resulta más fácil de entender que el futuro alcalde llegase a casa con un ramo de flores y que al llegar a esta sala ocurriese un accidente y se derrumbase el techo con la bañera. No, que usted se saque de la nada una abuela con un nieto mafioso con un amigo científico pirado y un babuino como mula de carga, es la idea más verosímil que jamás haya existido. Éstos sospechosos están tan locos como usted. ¡¡Dimito!!

Se hizo un silencio en la sala. La tensión casi se podía cortar en el ambiente y había hecho poner serio a Tapioc y a Smithsons.

            Incluso, los tres sospechosos se miraron entre sí, preocupados ante la reacción del no tan cuerdo becario. Al final, Tapioc se acercó al joven y le puso una mano en el hombro y de forma muy directa le dijo a su ayudante:
- Siento haberme portado como un payaso… -El joven se cayó el comentario fácil-. Pero antes de darte la razón quiero preguntarles a los sospechosos una última cosa. ¿Me das tu permiso?

El chaval miró cabizbajo a su jefe. Se sentía mal por haber llegado a ése límite. Él no quería entorpecer en ningún aspecto a su jefe. “Había perdido los nervios” pensó para sí.

Al cabo de unos momentos, el ayudante de Tapioc accedió, y con Smithsons, se colocó delante de los tres asustados sospechosos. Utilizó su mirada más firme sobre cada uno y  mirándole antes de enunciar su última frase, guiñó un ojo al becario, el cual, más tranquilo, se dispuso a observar:

- Ante los hechos y datos, y bajo el nombre de la ley, ¿cómo se declaran los sospechosos?

            Y los tres respondieron rápidamente cabizbajos, sinceros y apenados:

- Culpables. Nos sentimos francamente mal por haber matado al futuro señor alcalde.

- ¡Está bien! Será la ley quien os castigue. Smithsons, ¡tire de este pañuelo que me asoma de la manga y sáqueme las esposas!

- ¡Vaya, detective Tapioc! ¡Parece que de su manga no paran de salir más pañuelos, uno detrás de otro! ¡Qué pillo! ¡Mira, si al final de la cadena de pañuelos están las esposas! ¡Jajaja! ¡Qué divertido!






Y así, ante un caso bien cerrado y atado, el Detective Tapioc (y su ayudante, internado actualmente en una institución mental) consiguen resolver los enigmas más inhóspitos y más complejos que se les presentan día a día.

¡El mundo es un lugar mejor gracias a la labor justiciera del Detective Tapioc! 


             ~Fin~

1 comentario:

  1. Dios! Qué bueno!! XDDDD Adoro al detective Tapioc XD
    Y me encanta que los malos tengan esos nombres tan malosos XDDD
    Absurdo y divertido, se merece un 100 sobre 10 :3

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