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viernes, 31 de agosto de 2012

Se apagó la luz y la cábala se sumió en el abrazo de la oscuridad.

Entre las sombras pude distinguir cuatro monstruos. Mi sentido y mi razón abandonaron mi cuerpo tan pronto como oí sus gemidos lastimeros. Alguien había dejado abierta la compuerta que mantenía en el letargo a esas cuatro aberraciones. Para que yo las viera, para que ellas me encontrasen.

La primera se dejó dibujar ante la temblorosa luz de la linterna que sujetaba, sudorosa, mi mano. Era pequeña y rechoncha y sólo tenía un ojo que parecía ver más allá de mi carne.

La segunda de las que apareció de la Nada era normal, excepto que de su frente salía un enorme cuerno largo cuya punta parecía cortar lo negro y me señalaba con uno de sus dedos huesudos.

La tercera de ellas me llenó más de pavor. En su cara se asomaban cuatro ojos y dos bocas llenas de afilados dientes que rechinaban y exhalaban vapores profanos y susurros impíos.

Y la última. una figura negra, más alta que las anteriores; cuyos brazos se alargaban hasta el suelo y parecían que me iban a agarrar el corazón en un santiamén.

Las cuatro acercándose lentamente. El frío trepa por mis piernas y se mezcla con el sudor de mi nuca.

Me han abierto las puertas al Infierno.

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