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sábado, 22 de septiembre de 2012

La metamorfosis azul y la bruja de la torre.

Soñé que me encontraba frente a una casa. Una mansión de más de tres plantas, bastante estrecha, con varias alcobas de madera. Parecía abandonada en medio de aquél claro del bosque, con aquellos árboles tan húmedos, altos y muertos como el color de la madera que revestía la casa.

Me daba miedo, pero decidí escalarla. Decidí no era exactamente la palabra, porque pensaba que había alguien allí, y automáticamente mi cuerpo (o mi sueño) me llevó a trepar.

Me coloqué en una de las esquinas y comencé a trepar. Poco a poco la madera de la mansión pasó a ser piedra del mismo color, como si la mansión estuviera hecha de ésta, y ahora tenía pequeños torreones como para darle a la mansión un aire medieval.

Cuando llegué a lo más alto de una torre, me apoyé en un tejado lo suficientemente inestable para que cayera al suelo, causando un gran estruendo. Sin embargo, no pasó nada. Seguí escalando en ésa torre hasta alcanzar una ventana. Dentro de la ventana había una habitación iluminada y moderna, con un escritorio justo junto al cristal. Había una mujer. No era especialmente guapa, pero tampoco fea. Llevaba el pelo negro largo y algo rizado y facciones delgadas, y unas gafas. Sus ojos despertaron de la lectura en la que ella estaba sumida y me miraron preguntándose qué clase de bestia azul había aparecido trepando hacia su ventana.

Una gárgola, un troll, un espíritu faérico del bosque. En definitiva, un ser azul con garras en vez de manos que rompió el cristal y agarró a la joven que parecía sorprendentemente alegre de encontrar a algo o alguien que parecía haber estado buscando en los libros. Parecía hasta bruja. Pero élla se dejó agarrar.

Mi yo azul desconocido dió un salto hacia atrás de forma increíble precipitándose al vacío para llegar segundos más tarde al suelo y rodar varios metros con la mujer entre mis brazos para protegerla de daño alguno.

Ella encima mía parecía feliz de haber encontrado al ser que llevaba buscando, y yo, extrañado y encerrado en aquél cuerpo me limitaba a observar tal fenómeno. La muchacha comenzó a recitar palabras tan antiguas como el bosque y a mover los dedos sobre mi pecho, dibujando círculos antiguos y paganos.

Y ahí acabó mi sueño.



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