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jueves, 29 de enero de 2015

Cierro la puerta y me dirijo a la cocina. Bea está pasando el tiempo allí, en bata.
- Hola Bea. Mira. Mira lo que me han traído del trabajo.
- Hola. ¡Uy! ¿Y eso?
Suelto el pequeño envoltorio de plástico sobre la mesa para que Bea lo coja.
- Me lo ha traído un paciente de aquí. Sufian. 5 euros. ¿Tienes filtros?
- Qué va, no me quedan. Tengo que ir a comprar más, aprovechando que estos dos no están.
Aún me sorprendo cuando pienso que ella es mucho mayor que todos nosotros y aún así, sigue escondiéndose cuando fuma.
- Pero qué más dará que te vean fumando. Si son unos criajos.
- Ya, pero luego hablan en clase y son de este tipo de gente de prejuicios. Yo por ahora les caigo bien.
No continuo con el tema de su edad y decido dejarlo en un segundo plano. Me siento en la silla de la cocina y apoyándome en la mesa dejo que el peso del cuerpo haga de plomada.
- ¿Y de mí? ¿Han dicho algo?
- No, pero si a éstos no les hace gracia la gente que bebe, imagínate la que fuma. Si son niños de papá y mamá.
- Tú podrías ser su tía- No pude evitarlo-. Podrías decirles tres cosas y a tomar por culo.
Bea vacila un segundo, y tras ordenar sus ideas, saca dos cigarros y me da uno y lo miro con detenimiento.
- Aunque parezca una tía, no sé liarlos -confiesa con guasa-. La que sabe es Estefanía.
- No me extraña. ¿tienes un cartón?
Abro el plástico y le doy parte del botín a Bea y, tras montar torpemente los bastoncillos, me ofrece fuego.
- ¿Por qué no les dices lo que tienes que decirles?
- No lo sé -exhala-. Igualmente no debería estar fumando.
Me acerco el cigarrillo a los labios y le propino una buena calada. El humo cenizo llena parcialmente mis pulmones y tras unos segundos, toso. Casi nunca fumo y no tengo hábitos de fumador. Repito la opercaión y tras varios segundos me empiezo a marear.
- ¿Es esto normal, Bea?
- Claro, pero te estás mareando porque no sabes fumar, no porque esté cargado. Pobrecito el niño.
Me río. Qué diablos. Tras un breve rato, Bea me dice que ya es la hora a la que suelen volver los otros compañeros de piso. Le doy las gracias, mezclas de un sentimiento de compenetración y secreto, como si hubiera alguien más en la casa, y me encierro en mi cuarto. La cama no está hecha. Nunca lo estuvo. Me acerco a la ventana y la abro de par en par. Es Mayo, pero hace tanto relente como en cualquier época del año, a pesar del buen tiempo. Desde la ventana se puede ver el descampado de debajo de casa. Hay dos gatos limpiándose en los arbustos y un señor que baja por la cuesta parece absorto en sí. Pego otra calada. El ordenador puede esperar. Exhalo sin fuerzas el humo y escucho como llegan mis compañeros de piso. Que les den. Que el castillo del monte Acho se ve bonito entre los edificios de enfrente.

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