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sábado, 11 de junio de 2016

Claro. Supongo. No sé. Cuídate.

Por primera vez tras varias semanas, el cielo se nubló y el viento frío bajó las temperaturas. Tuve que ponerme la chaqueta para no pasar ese frío desagradable no muy intenso. Stephanie era ese día mi compañera para los pacientes dobles. Y bueno, había que hacer conversación. Cada vez me cuesta más. Antes me resultaba sencillo hablar motivado sobre cualquier cosa, pero ya me cansa saber que no me van a responder con el mismo interés o las mismas ganas. Que no lo reprocho, oiga. Pero que a veces uno espera un poco más de interés. Así que como era normal, le pregunté por el tiempo y luego por ella.

Me contó que no se quedaba en Edimburgo. Que se volvía a los Estados Unidos para continuar sus estudios de medicina, esta vez en Tejas. Y que luego iba a buscar trabajo por allí. Lo decía con la seguridad y la confianza de quien lo tiene todo solucionado. Con un matiz de arrogancia para ella desconocida e involuntaria. De quien lo tiene fácil. Y no me refiero a estudiar, que seguro que apechuga como todos, porque estudiará a gota gorda. Me refiero a que por su situación, país y posición, no tiene mucho de qué preocuparse. Que tiene que pagarse las facturas si quiere ser independiente, sí; aunque papá y mamá proveerán si se tercia, pero ella es capaz de mantenerse resuelta. Y es loable.

Y ahí estaba yo. Con cara de español. Con la cara que ponemos la mitad de los que vivimos por aquí. Barbilampiños. Ojos cansados y pelo y piel morena. Con una media sonrisa que baila entre contenta y asustada, de esas que surgen cuando no sabes por dónde te van a salir esta vez. Con cara de perro mojado. No sé, le dije. No sé qué iba a hacer yo, porque los papeles tal y Pascual. Lo de siempre. ¡Pero se supone que la semana que viene llegan! Repetí como tantas otras veces. No sabré si quedarme... o volverme. Si he estado perdiendo el tiempo aquí o podré moverme y optar a algo mejor. En esta ciudad o en otra. Y si me vuelvo con el rabo entre las piernas, volver a Cádiz o a cualquier otro sitio de España. Y empezar de cero. Y dirás es lo que te toca, que es la vida, que no te van a regalar nada. Y sí. Hay gente que lo tiene fácil y gente que lo tiene difícil. ¿Qué puedo hacer yo al respecto? Preocuparme por mi culo y buscarme las papas. Porque nadie me las va a buscar. Eso ya lo sé. Pero tengo miedo. Otra vez. Supongo que el normal, el que toca sentir cuando no sabes qué va a ser de ti el mes que viene.

Y podría desarrollar todas estas ideas que ya sabemos y que están más que estudiadas. Pero me parecía poética, o de foto, esa escena. Stephanie preguntándome que qué iba a hacer yo. Su sonría tranquila contra la mía. De dos personas que no son de aquí, que están de paso. De cruces de caminos. De que te vaya bonito allá adonde vayas con los mejores deseos. Y de ese frío incómodo latente. Me abroché un poco más la chaqueta y miré al suelo. Sonreí confuso y pulsé el botón del semáforo para que cambiase a rojo. ¿Vas a echar de menos Edimburgo cuando te vayas? le dije. Bueno, sí, pero volveré bla bla blá; me tengo que ir ahora al siguiente paciente, ya nos veremos en otra ocasión.

Me miró durante unos segundos y desvié la vista a la otra acera. Claro. Supongo. No sé. Cuídate.

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