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miércoles, 27 de enero de 2016

El azahar

Las ramitas crepitaban momentos después de que Rackham las lanzase aburrido y cansado. Björn se enfrascaba con la mirada en el fuego, masticando escandalosamente la cecina que tenía entre las manos y alternándola con severos tragos de cerveza caliente y negra. Para el enano, lo único que necesitaba era un poco de silencio. Y eso que en la totalidad del día la cantidad de palabras pronunciadas se limitaron a veinte, aún contando con gruñidos y otros sonidos vagamente semejantes a un nombre o una orden.

Orión estaba sentada en el tocón con las manos entrelazadas. Tenía también la vista fija en el fuego, pero a diferencia del enano no comía. Su mente estaba asimilando todo lo sucedido en el día. Y dedicó unos momento para susurrar algo a Sarenrae y a Desna. Cerró los ojos, se santiguó y levantó la vista a las estrellas. A las pocas que el fuego dejaba ver.

Rackham se apoyó sentado sobre sus rodillas y observó a la clériga, como buscando el motivo para que ella dijera cosas y mirase fijamente al cielo. Le extrañaba cómo era que la clériga parecía estar contenta después de otro día de aburrido viaje y poca conversación. Y poco tiempo para fumar. Y dormir. Y contar chistes. Y tomarle el pelo a Björn. Y tantas otras cosas que echaba de menos. Y sin embargo ahí estaba Orión, mirando al cielo como una tonta. La misma Orión que volvía a susurrarse y surrarle a las estrellas algo secreto.

Rackham se llevó la mano a la boca y frunciendo el ceño, decidió interrumpir a la chica:
- Oye Orión. ¿Para qué hablas con las estrellas?
Björn seguía masticando sin prestar atención al mediano. Orión terminó la oración y bajó la mirada hasta el mediano. Antes de responder, dudó un momento para buscar las palabras. Rackham destestaba eso, porque siempre solía hacerlo antes de soltar una pedantería:
- ¿Sabes que para las estrellas, las hogueras son sus amigas?
- Ya empezamos.
Orión le ignoró por una vez, porque por fin tenía algo que le emocionaba contar:
- Imagina que ellas nos ven a través del fuego que brilla a millas de distancia. Imagina que para ellas, nuestras tierras en la oscuridad de la noche son el mismo tapete sobre el que ellas están cosidas; y que se emocionan cada vez que ven una hoguera brillar. Por eso nos dan la bienvenida. Todas. Eso me contaba mi padre.
- Oh, pensé que era algo de tu diosa.
- No, es de mi padre. Se dicen que las estrellas están guardadas en el cielo con tu olor por alguien que pide por ti.
Rackham volvió la vista al fuego. Meditó en lo que había dicho la chica. Meditó en quién podía guardar su olor. ¿Qué olor tenía él? ¿Qué significaba eso? Y meditó un poco amargado sobre quién iba pedir por él. Orión le miraba a él directamente. Con una leve sonrisa.
- ¿Cómo se pide por alguien a las estrellas, Orión?
Björn se atragantó justo antes de que Orión continuase. El enano tosió y calmó el gaznate con algo más de cerveza.
- Con una canción. Con una canción en la que le hables a la persona que quieras grabarla en una estrella.
- ¿Como las canciones de los caballeros andantes? -Rackham comenzó a ilusionarse-. ¿y las de algunos señores elfos silvanos? ¿Por eso cantan en las hogueras?
- Sí. Por eso hay tantas estrellas en el cielo. Los caballeros cantaban a sus amores a la luz de un fuego mil y una veces, con la esperanza de que la otra persona descubra su estrella. Ya que cuanto más cantes, más brilla en el cielo.
Rackham se quedó asombrado. Así que era cierto eso. Los caballeros no sólo cantaban por ser repelentes repeinados doctos en el amor platónico, sino porque querían hablarle a sus amores a través del firmamento.
Todas esas historias, todas esas canciones parecían cobrar ahora un tono más profundo. Más bonito... Ojalá alguien le cantase. ¿Pero quién? ¿Y cómo sabría que es su estrella?
- Orión, ¿y cómo sé cuándo he encontrado mi estrella?
- Cuando te despiertes con tu olor en mitad de la noche.
- ¿Te ha pasado?
Orión bajó la mirada y se miró las rodillas sonriendo. Y asintió. Rebuscó el su zurrón hasta encontrar un frasco pequeño con un corcho. El frasco tenía una colonia con dos pétalos blancos.
- Sí. Y huelo a azahar.

El silencio que se formó sólo era interrumpido suavemente con el crepitar del fuego. Rackham miraba ahora al suelo mientras Orión guardaba su frasco de nuevo.
- Cuando encuentras tu estrella puedes usarla como guía para llevarte hacia aquella persona que pide por ti. Cuando encuentras tu estrella puedes sentirte muy especial. No todos lo saben o se dan cuenta. O consiguen si quiera encontrarla en el cielo. Cuando la encuentres, lo sabrás. Y te llenará de gracia.

Rackham decidió volver al fuego. Tras pensar un poco en las palabras de la clériga, se le quitaron las ganas de seguir preguntando mucho más.
- No creo que tenga estrella.
- Sí que la tienes -Orión empezó a abrigarse-. Pido todas las mañana a la última estrella de la noche por vosotros. Para que esteis bien si algún día no estoy.
Rackham sonrió y sus ojos buscaron a los suyos para agradecérselo. Al fin y al cabo, la tenía a ella. Y al enano. Su pequeña y extraña familia. Su compañía. Olorosa en más de un sentido. Al menos, por el enano.
- ¿Y sabré a lo que huelo? ¿Lo sabes?
Orión dejó escapar una risa y buscó algo más en el cielo. Escudriñándolo por si se había olvidado de cantarle a alguien. Y cuando acabó, bajó la mirada para soltar un suspiro largo, cansada.
- Lo descubrirás esta noche si haces primero la guardia.
- Ni de coña. No voy a volver a caer en tus redes otra vez, mujerzuela. Ya me sé tus trucos.

Para sorpresa de los dos, Björn reanudó la orquestal sinfonía que era su comer. Y entre bocado y bocado; y entre trago y masticado musitó algo que se pareció a un "gracias". Sin dejar de mirar al fuego.




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