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lunes, 23 de agosto de 2010

Al-Azif

música de fondo, comenzar en 0:46

Jaime cerró la puerta, tiró las llaves y abandonó la mochila en la entrada.
Aún mojado por la lluvia, fue a sentarse en el sofá, preparado para leer aquél libro que el anticuario le había casi regalado con extraña ansiedad disimulada.
Levantó la mirada y vió la hora, que señalaban cerca de las diez.

"Al-Azif..." leyó.

Un grillo se hizo notar al tocar la cubierta del libro. Desvió la mirada extrañado, pues no era verano.

Abrió el libro y pasó las primeras páginas, llenas de garabatos que discretamente, parecían rasgar el papel y advertir al joven.

Otro grillo intensificó al primero. Jaime, asqueado, buscó con la mirada el origen del grillar, pero hizo caso omiso. El libro era más sugerente.

Y se detuvo en la primera página con signos leíbles. Si de algo le servía la Universidad era por el latín. Pero ése latín no era tan legible como creyó.

Sostuvo la mirada y el pensamiento tanto, que poco a poco, empezó a descrifrar aquél extraño lenguaje entre tanto grillo:

"Que no todo lo que yace está muerto..."

Los grillos, chirriantes, susurraban al oído de Jaime, haciéndole levantar, y sin quitarle un ojo al libro, hizo aspavientos para acallar la voluntad de los insectos, mientras susurraba palabras vacías. Miró la hora, sin reparar que eran las nueve menos diez.

"Da igual, a ver qué sigue..." Lo sudores fríos rezumaban de su espalda a ritmo de los grillos que cada vez emanaban de más allá de la oscuridad, uniéndose al jolgorio del desierto mental que se estaba creando en la mente de Jaime...

"e incluso con los extraños evos..."

Las pupilas se le dilataron. El reloj marcaba, sin él darse cuenta, las ocho y cuarenta y dos. Con un hilo de baba colgando de los labios, los grillos poblaron el desierto que su mente fue originando. El sonido era tan fuerte que le parecía algo ajeno. Tenía que terminar la frase que comenzaba el libro...

Estaba cerca de poder leer las letras que se le descubrían, pero no podía verlas bien. Los grillos, a pesar del ruido, estaban lejos, pero ya, a pocos centímetros del papel, flaqueó, entornó los ojos, y devorado por el sonido de los insectos, devorado por los demonios, entonó el cántico que le cerró al abismo de la locura:

- Incluso la muerte puede morir.

Un grito rasgado despertó del libro, y un despertar espectral emergió trayendo un hedor de más allá de las estrellas...

1 comentario:

  1. Este ya lo había leído, lo pusiste en tu Fotolog y ya molaba entonces ;)

    (Por cierto el vídeo de música ya no existe)

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