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lunes, 23 de agosto de 2010

El último lugar en la Tierra

Y al fin llegó al fin del mundo.

Aparcó a un lado de la carretera tras horas de trayecto. Pero no apagó el motor. Ahora comenzaba a sonar la última canción en la Tierra, y no quería perdérsela.

Radiocassette

Salió del coche encendido y bajó la ventanilla  y encendió un pitillo como el último caramelo de su vida.

Qué amargo.

Tosió.

El pulso le temblaba.

Indeciso, le pegó varias caladas seguidas.

Miró a su alrdedor, y creyó haberle oído.

El radiocassette no dejaba de sonar en aquellas praderas de roca y marrón que emergían de la carretera. Como levantando el vuelo. Como escapando de la carretera.

Esas praderas ascendían tanto de un lado de la carretera como de la otra, que pasaban a ser faldas de montañas en el horizonte, lo suficientemente elevadas como para hacerle sentir indefenso e ínfimo.

Todos tenemos un Fin del Mundo, más o menos acogedor. Más o menos bonito. Pero aunque sea el único lugar en el mundo donde nadie te pueda encontrar, hay Fuerzas que pueden cruzar ese santuario.

La canción llegaba a su fin, y el viento empezaba a soplar.

Tiró el cigarrillo, y se sentó en el capó del coche.

Nunca debió haber cruzado la línea. El umbral que su amigo y él habían cruzado no agradó demasiado al otro lado.

Y eso que su amigo estaba loco de remate. Y cuando más lo pensaba, más razón tenía. Quizás por eso le decían que era el "Demonio".

Pero no, si realmente fuera así habría aguantado más en ese momento. Qué imbécil. Mira que pronunciar esas palabras y durar tan poco.

-Yo he visto al Demonio, y no se parecía en nada a tí.

Pero ya daba igual. El viento comentó a soplar aún más fuerte y el radiocassette paró.

Y lo que tenía que pasar, pasó.

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