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viernes, 10 de septiembre de 2010

El Horror de más allá de las Estrellas. Parte IV

30 de Noviembre de 1928
De madrugada, en cualquier Isla del Pacífico.

Esta vez me encuentro escribiendo in situ. Me explico. Hace dos horas salí de mi escondrijo vestido de motel y aflojando unos verdes, le hice hablar a un cualquiera que había visto al señor Thorn y sus esotéricos amigos. Habían marchado a la pequeña isla vecina, a tres horas en bote. Y adiviné que los planes del magnate estaban llegando a su conclusión. Robé una pequeña canoa hace un buen rato, y aquí me veo. A cinco minutos de tomar tierra isleña, he de describir que la noche está realmente clara. Bajo un tapiz negro como lo profundo de la jungla, brillan con luz sorna todo un campo de estrellas. Tan lejanas. Tan oscuras. Tan pestilentes.

Confieso que no es una situación  nada cómoda. Las fuerzas de flaqueza que a veces sacuden mi cuerpo cada vez tardan más en llegar. Los sudores ardientes que emanan de mi frente no aportan frescor en la noche veraniega, y las manos vacilan cada vez que cambio de posición el madero a modo de remo. Como si de un augurio, o una bestia ceslestial salvaje, la Luna cada vez parece menguar de tamaño. Alejándose, huyendo de mí, o del lugar al que me dirijo. No quiere saber nada. Afortunada endiablada. ¡Ven a salvarme! Maldita sea.

El bote tomó contacto hendiéndose en la oscura arena que tembloroso atrevo a pisar. Todos los acontecimientos pasados confluyen ahora en mis venas, como un disolvente que roe mi mollera y saca fantasmas para guardarlos en mi pecho, que no da más de sí. Miro a todos los lados y sólo resta el silencio.

La isla de donde vengo queda algo lejos como para huir en este instante, pero de esta paranoia no voy a salir jamás, y mi insensatez me puede más. Necesito amparo de inmediato. La jungla ante mis ojos parece gritar en silencio.

Avanzo frenético en el interior, y oigo mis piernas rozar con la húmeda maleza tropical. A estas alturas, no puedo distinguir el camino de vueltas. Estoy muy confuso. No sé dónde me encuentro. Ya no veo la playa a mi espalda, y delante sólo veo un negro abisal que se cierne poco a poco sobre mí. Ahora creo haber oído algo.

No, era el viento.

Aguardo, algo acaba de crujir una rama. Maldición. Diablos. Acabo de pegarle una patada a un matorral. Nada.

No, espero. Escucho movimientos en el follaje. Oh, Dios Santo.

Salgo corriendo a cualquier lado, la vista comienza a nublárseme. Los sonidos me persiguen.


Ante tanta excitación al borde de un ataque de histeria, unos aullidos traídos en el seno del viento nocturno retumba en mis tímpanos. Los crujidos a mis pies desaparecen.

Es un cántico.

¿Una letanía?

Aparto la maleza, en pos de encontrar el origen de tales gemidos.

Luces. Fuego a lo lejos.

Diablos, no veo, nada.

Ahora distingo el fuego claramente. Sí. Proviene de un claro a lo lejos.

Avanzo lentamente sin provocar mucha agitación en la maleza.

Ya les veo. Ahí están esas ratas apestosas en su nido de basura. En una claro en medio de la jungla, una fogata ilumina el recinto.

Y en distribuidos de forma espontánea, los amigos del señor Thorn. ¡Virgen Santa! Están desnudos y parece que tienen pinturas que rodean su cuerpo. Y están quietos, enunciando un tono de voz muy grave. Parecen que están sumidos en trance, bajo alguna droga o cualquier sustancia alucinógena.  Ahora que me doy cuenta, la pintura chamánica que les envuelve toca el suelo y dibuja toscamente unos círculos y signos, de un tono más brillante.

En la cúspide el señor Thorn, desnudo, gritando en susurros al cielo que señala con ambas manos. Y para mi sorpresa, la señorita Hepbourn, yace en el suelo agonizando en sueños opiáceos.

El tono hipnotizante de los tatuados poco a poco continúa ensalzándose y empiezan a agitar los brazos con una efusividad creciente.

Creo que me está empezando a doler la cabeza. No consigo concentrarme y la vista me comineza a jugar malas pasadas.

Miro de reojo. La señorita Hepbourn me está mirando en silencio. ¡Me ha descubierto, sus ojos desprenden el odio que recibe un hereje en una iglesia!

Parpadeo.

No, parece que ha sido una ilusión. La cabeza martillea cada nervio de mi cuerpo, y me siento más alienado.

¡Oh dioses! ¡No veo nada!

A duras penas puedo escribir estas palabras...

Estoy viendo la Nada, y en la Nada hay un vórtice del que sale algo...

Una aberración, un Error en el Cosmos...


¿¡¡ Qué coño es éso que suena en lo Profundo!!?


El dolor me hace retorcer y estirarme, no controlo el ruido que hago, no creo que importe ser visto.

Creo que dos brazos me han cogido... Vuelvo a ver la luz del fuego y dos entintados me colocan frente a Thorn.

No puedo vocalizar nada, Thorn se ha mofado de mí y me ha lanzado junto a la señorita Hepbourn, inconsciente. El corazón se me sale del pecho. Los ojos quieren ser libres al fin, los pulmones me arden y en los intestinos sólo se bañan en ácido.

Sostener la pluma es toda una epopeya bajo este martirio sonoro. Bajo este ritual blasfemo y herético, comandado por voces espectrales de más allá de las Estrellas...

Es una Letanía Profana...

Dios misericordioso que estás en el Cielo y en la Tierra, yo te imploro...

Oh, no.

Empieza a brotar sangre de mis oídos, no podré seguir mucho más, y el aullido fluye junto al fuego difuso que aterrador , se torna negro para cercer...

Redentor Omnipresente, ¡¡¡Vuelve a sonar esa maldita flauta!!!

Ahora lo oigo. Claro y nítido. Entorno los ojos de locura visceral. Adios a este mundo. No deseo ver el espectáculo que acontece ante mis pupilas que desean perderse.

La flauta suena ante el fuego negro.

Lo Profundo llama a lo Profundo. Los planetas oscuros están alineados. Las estrellas ya no alumbran. Su designio ha de ser escuchado. Lo Oscuro llama. Él esta de camino. Él esta de camino. Él esta de camino, y el Caos Pestilente lo envía. Lo Profundo llama.

¡¡Dios, para esta locura, no controlo mi mano!!

Entonces el cántico torna, y ante una visión de horror incognoscible y aterrador, se pronunció y proclamé en un babeante delirio



¡Ïa, ïa, Nyarlathothep!




Y al escaparse de mis labios involuntarios esas palabras, saliódel fuego Cósmico el Enviado del Caos Reptante, El Horror de más allá de las Estrellas.


Nyarlathothep.

1 comentario:

  1. O_O moraleja: nunca te mezcles con el vudú. Y si ves un ídolo satánico, ¡no lo robes!

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